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Lecturas

Un jardín y silencio

El aristócrata Frederic Eden creó en Venecia un espacio único de luz y vegetación

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Un jardín y silencio

Un jardín y silencio

JOSÉ LUIS GARCÍA MARTÍN De los muchos rincones secretos de Venecia, acaso el más secreto hoy en día, es un jardín que se esconde detrás de una prisión. En un tiempo fue famoso, «El jardín del Edén», pero hace años que nadie se pasea por él, salvo el viento y los fantasmas. Está en la alargada isla de la Giudecca, no lejos de una iglesia que suelen frecuentar los turistas, la del Redentore, pero pocos se acercan hasta su herrumbrosa verja de entrada. Prefieren pasear por la fundamenta, contemplando el hermoso panorama de la ciudad al otro lado del canal, llegarse hasta la otra iglesia de Zitelle, tomar allí el vaporetto.

El jardín del Edén es, en realidad, el jardín de Eden, de Frederic Eden, que adquirió el huerto que luego convertiría en jardín el año 1884. Frederic Eden era uno de tantos aristócratas ingleses como en el siglo XIX escogieron Venecia para vivir; dificultades articulatorias le habían convertido casi en un inválido: «Llegué flotando en una góndola sin la molestia o incordio que me producen la silla de ruedas o el carruaje. Ni ruido, ni moscas, ni polvo. Un aire tan suave que apenas podría llamársele brisa; un sol que calienta y en raras ocasiones quema; una luz suave y de una blancura velada, que te permite leer sin que el resplandor te fatigue; un clima que no exige nada a nadie?»

El jardín fue creciendo poco a poco, ampliándose, tropezando con las mil y una dificultades que ofrece el suelo de Venecia (fango y escombros, continuas infiltraciones de agua salada) para la vida vegetal: la ciudad fue un tiempo conocida como la tomba dei fiori, la tumba de las flores, salvo que crecieran en macetas en patios y terrazas.

En 1903, en Country Life, una de esas minuciosas y fascinantes revistas inglesas dedicadas a la aristocrática vida en el campo, contó Eden la historia de su jardín. Ha pasado más de un siglo y esas páginas conservan intacta, como la ciudad de Venecia, toda su capacidad de seducción.

En Venecia no hay lugar para la monotonía: «De todos los lugares de la tierra es el más variable en cuanto a sus estados de ánimo. Los cambios en sus colores son tan drásticos de un día para otro, y en ocasiones de una hora a la siguiente, como los cambios de un mes para otro, o incluso de estación en estación, en climas más nórdicos. Esta variabilidad, que desespera a su aplicado estudioso, es la alegría de su ocioso amante».

Para crear su jardín veneciano, en aquel lugar que había sido huerta de un convento, y que ahora se volvía de espaldas a Venecia y abría los ojos al azul y a las islas de la laguna, Frederic Eden tuvo en cuenta dos contrapuestos modelos: un jardín escocés, los jardines de la Alhambra. El jardín de Ross-shire, con la vieja pared del castillo al norte, descendía hasta el sur y estaba protegido de los vientos fríos por setos altos; terminaba en un prado y en un arroyo con truchas. En nada se parece el clima de Escocia al de Venecia, pero la disposición de los dos jardines era la misma, solo que ahora el castillo era una prisión y «como silencioso sustituto del arroyo de truchas teníamos la laguna». A Frederic Eden no pareció molestarle el poco amigable vecino que le había tocado en suerte. Todo lo contrario: la prisión le resultaba tan útil como lo era para la sociedad, «pues, aunque es triste para los que se ven encerrados en su silencio, el resguardo del viento norte y del ruido es una bendición muy apreciada por el jardín y por nosotros».

En Granada, «unos arroyuelos de agua brillante, traída por conductos generalmente invisibles, dan bebida y vida a unos jardines maravillosos». Del Generalife (para él, las dos maravillas de España eran el paisaje de la Vega, visto desde la Alhambra, y los cuadros del Museo del Prado) tomó Eden el uso de albercas y las sutiles maneras de utilizar el agua, no solo para el riego, sino como un elemento más de la magia del jardín.

Cuando murió Frederic, en 1916, ya su jardín había sido escenario de numerosas historias. No hubo personaje importante del fin de siglo que no paseara por sus senderos. Cocteau le dedicó un poema en el que lo llama «jardín exquisitamente fatal, / sepulcro enmarañado de rosas»: una discusión en aquel lugar idílico llevó a un joven amigo a tomar la decisión de suicidarse; lo hizo, muy teatralmente, disparándose un tiro en los escalones de Santa María de la Salute.

Posteriormente, el jardín sería propiedad de la princesa Aspasia de Grecia, cuya hija Alejandra se casaría con el destronado rey Pedro de Yugoslavia. Uno de los invitados habituales era el novelista inglés Cecil Roberts, muy leído en su día, quien en Un año de mi vida, su diario de 1950, habla de aquel jardín, ya para entonces poblado de espectros: «Un sol completamente rojo cubre la laguna en los atardeceres, y tiñe de escarlata el bajo muro de ladrillo que rodea el espacio donde los cipreses se elevan oscuros, destacando contra el cielo cuajado de estrellas, y donde en los últimos días de otoño las uvas cuelgan en gruesos racimos a lo largo de los emparrados. Más allá del alto muro, se divisa una espléndida vista de la cúpula y las torres de la iglesia del Redentor».

Un jardín en Venecia es la historia de un jardín y es algo más. Las comparaciones de Frederic Eden a veces nos hacen sonreír. Elegir una pérgola es tan delicado, afirma, como elegir esposa; lo primero que hay que hacer es decidir para qué se quiere: «Algunos hombres buscan una esposa que sea como una amiga, constante u ocasional; otros, como una compañera, una dulce compañera día y noche; otros, que sea una administradora que lo gestione todo, y que a menudo se convierte en tirana; algunos quieres sirvientas, y de ellas pueden llegar a hacer esclavas». Algo semejante pasaría con las pérgolas: las que son buenas para las parras no sirven para las rosas.

El último propietario conocido fue un austríaco que murió en el año 2000 y que, en sus últimos tiempos, dejó el jardín a su suerte, abandonado, colonizado por las plantas silvestres. Así sigue, así pueden verle los pocos curiosos que rodean los muros de la prisión y se acercan a su puerta. Pero el breve libro de Frederic Eden -también él una secreta maravilla- nos permite abrir esa puerta, retroceder en el tiempo, escuchar el murmullo moro de las aguas, admirar la cúpula del Redentores sobre las vides y las rosa.