SILLÓN DE OREJAS

Lecturas santas y otras que no lo son

Con tanta devoción, tanta calle vacía y tanto bar de copas cerrado, a mi natural bigardo no le quedó más remedio que encerrarse a leer durante los días santos

Ilustración de Max.

Pese a que las “difíciles” circunstancias auguraban un limitado éxodo semanasantino, mi barrio volvió a quedarse bastante vacío, de modo que llegué a sentirme como aquellos marineros a los que sus compañeros abandonaban en islas desiertas como castigo a sus faltas. Como Filoctetes, a quien los aqueos arrinconaron en Lemnos porque no podían soportar el pestazo de la herida de su pie, causada por la mordedura de una serpiente (Ilíada, II, 716); o como el alienado bucanero Ben Gunn, a quien sus compañeros marronearon (marooned) en la isla innominada por haber sido incapaz de encontrar el tesoro de Flint (La isla del tesoro, capítulo XV). Con tanta devoción, tanta calle vacía y tanto bar de copas cerrado, a mi natural bigardo no le quedó más remedio que encerrarse a leer durante los días santos, mientras rumiaba incesantemente aquella sentencia de Kierkegaard que asegura que la fe comienza precisamente donde el pensamiento se detiene. Y el mío se detuvo estupefacto cuando leí que el Vaticano, a través de la Conferencia Episcopal Italiana, ha expresado su decidida preferencia por la inhumación sobre la incineración como método de gestionar los cuerpos de los difuntos.

Advierte la CEI que “la sepultura del cuerpo es la forma más adecuada para expresar la fe en la resurrección de la carne” y que, en todo caso, si se opta por la cremación, el rito debe terminar “cuando se deposita la urna en el camposanto”. De modo que se terminó lo de esparcir las cenizas en el estadio, en el mar color de vino o sobre la tumba de Proust: el muerto al hoyo y sanseacabó (al menos hasta la prometida resurrección). Por cierto, tengo que enterarme de cómo está afectando a las finanzas vaticanas esta policrisis que puede acabar en policatástrofe, según los apocalípticos neologismos inventados por Edgar Morin, que ha vuelto a conchabarse con Stéphane Hessel y algunos otros (Rocard y Sloterdijk, por ejemplo) para publicar un nuevo manifiesto con un título como para hacer las maletas y largarse a la isla desierta: Le monde n’a plus de temps à perdre (“el mundo ya no tiene tiempo que perder”). De política vaticana trata precisamente El siglo católico (RBA), de Manlio Graziano, que describe minuciosamente la estrategia geopolítica implementada por la Iglesia, a partir del Concilio Vaticano II, para aumentar su influencia “moral” entre los grandes poderes de la Tierra.

Estimulado por la programación televisiva, en la que abundaba el peplum bíblico, me dediqué a repasar el Génesis en la traducción de Casiodoro de la Reina. Releí, por ejemplo, la historia de Sara, que cabreó a Yahvé cuando se rio de la promesa divina de que engendraría un hijo en edad provecta, y me sumergí de nuevo en la historia de los sodomitas que querían embudar (así llama al coito anal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de Nueva España, capítulo CLVIII, RAE / Galaxia Gutenberg) a los dos ángeles que Lot había acogido en su hogar. Para aliviarme de tanta literatura sacra busqué algo más digerible y lo encontré en Ubú en bicicleta (Gallo Nero), de Alfred Jarry, una brevísima antología de artículos del primer patafísico (y conspicuo ciclista) en torno al velocípedo. Quién me iba a decir que entre ellos encontraría el hilarante cuentecillo La Pasión considerada como una carretera de montaña (¡publicado en 1903!) en el que se describe el trayecto, a bordo de una bicicleta, que habría seguido Jesús desde el palacio de Pilato hasta el Gólgota. Incluyendo sus tres aparatosas caídas y el momento en que la reportera Verónica, con su cámara Kodak, le toma una instantánea que daría la vuelta al mundo. Todavía reverbera en las paredes de mi casa el eco poco santo de mis carcajadas.

Mil

Sólo alguien dueño de su visión del mundo es capaz de comunicarla en formato breve y sintético. Mucho antes de que Bertrand Russell comenzara a publicar en la prensa de William Randolph Hearst sus columnas semanales de 600 palabras en las que se ocupaba filosóficamente de asuntos cotidianos (como el pintarse los labios o el modo de conseguir que la gente adquiera lo que no necesita) otros pensadores ya habían comprendido que escribir en los periódicos constituía el mejor campo de pruebas para esa confrontación de las propias ideas con su formulación concreta y menos especializada. Javier Gomá, que aceptó el reto de escribir una columna trisemanal en Babelia, ha reunido ahora en Todo a mil (Galaxia Gutenberg) las publicadas en los dos últimos años. En ellas, la claridad expositiva (la “cortesía del filósofo”, que reclamaba el engolado Ortega), la brevedad voluntariamente aceptada (mil palabras) y un lenguaje que soslaya tecnicismos y abraza la expresión literaria componen el marco en que el autor “introduce blanda y suavemente” al lector en los pliegues filosóficos de aspectos tan variados de la realidad como, pongamos, la vocación literaria, el porvenir del sexo placentero o las dificultades de ser (y sentirse) contemporáneo. No comparto el relativismo de Gomá acerca de que si las ideas “no son interesantes es que, en último término, tampoco son verdaderas”, pero lo cierto es que todos estos microensayos me resultan adictivamente interesantes en el mismo sentido que reclamaba Henry James a las novelas, y su lectura (o relectura), un auténtico placer. No se pierdan, por favor, ‘El rotar de las estaciones’, prólogo y única pieza inédita del conjunto, en la que Gomá aplica su personal lente filosófica a su propio trabajo, logrando un original autorretrato oblicuo del autor como filósofo mundano.

República

A ver: ¿qué día es hoy? Si alguno de mis improbables lectores pensaba que este 14 de abril me iba a ir de rositas (rojas) estaba equivocado. Tranquilos: aunque mi memoria, como decía Baltasar Gracián (el más contemporáneo de nuestros pensadores pesimistas), “es villana para faltar cuanto más se ha menester y necia para acudir cuando no convendría”, ahora regresa para recordarme aquella fecha y la causa a cuya creciente popularidad tanto ha contribuido el señor Urdangarin, a quien deberían premiarse sus inestimables servicios con una escarapela tricolor. En cuanto a los nuevos libros sobre aquel periodo me limito a recomendarles uno fundamental para comprender el paradójico desinterés que la República encontró en los medios oficiales de Estados Unidos del progresista Roosevelt: Miedo a la democracia (Crítica), de Aurora Bosch, subtitulado ‘Estados Unidos ante la Segunda República y la guerra civil española’. Aquella indiferencia, trufada de miedo a la bolchevización de la Península, se concretó durante la Guerra Civil en un embargo que perjudicó gravemente al Gobierno de la República, justo en el momento en que importantes compañías estadounidenses, como Texaco, Ford o General Motors, se posicionaban encantadas al lado de Franco, quizás el dictador con más potra del siglo XX (y quede claro que no empleo el término en su acepción de “hernia en el escroto”).