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El poeta lideró, con Burroughs, Mailer y Genet, la protesta callejera de 1968

Cultura | 10/04/2012 – 00:00h

 Xavi Ayén La prosa judicial jamás había resultado tan entretenida, ágil, estimulante ni poética. “Una comedia de los hermanos Marx con guión de Salvador Dalí”, fue la atinada definición que realizó el periodista de la revista Life William Barry Furlong acerca del juicio que, en diciembre de 1969, se ocupó de los violentos disturbios registrados en Chicago a finales de agosto de 1968, cuando miles de ciudadanos expresaron, ante la convención del gubernamental Partido Demócrata, su rechazo a la guerra del Vietnam y a los valores del capitalismo. Entre los citados a declarar entonces, una nómina de escritores de lujo que incluía al beatnik Allen Ginsberg (1926-1997), que estuvo en el ajo junto con sus amigos William Burroughs, Norman Mailer o el francés Jean Genet. Muy oportunamente en estos tiempos de crisis, con disturbios y protestas callejeras como los que sacuden Barcelona, la pequeña editorial Gallo Nero edita Testimonio en Chicago, volumen de poco más de cien páginas que recoge, extractadas, las actas del interrogatorio de varios días al poeta Allen Ginsberg, así como una introducción de contexto de la italiana Fernanda Pivano (1917-2009) y un epílogo que es la crónica que publicó en su día el periodista y editor Jason Epstein en The New York Review of Books. En el trasfondo del debate, más allá de las divertidas salidas de tono de Ginsberg y de lo ubuesco de algunos personajes, laten temas tan serios como cuáles son las vías legítimas de disidencia en una democracia, los límites del uso de la fuerza por la policía, o la capacidad del sistema judicial y sus rituales para ocuparse de ciertos asuntos.

Del 25 al 28 de agosto de 1968, el Partido Demócrata del presidente Johnson celebraba su convención en Chicago. El 18 de ese mismo mes, ya se instalaban los primeros manifestantes en el parque Lincoln de la ciudad, dispuestos a encabezar una gran protesta, centrada en el Festival de la Vida, que, inspirado por los hippies, propugnaba un “estilo de vida alternativo” y ofrecía prácticamente de todo: música, nudismo, talleres, drogas, poesía, debates políticos… Contra semejante amenaza -y en un contexto en el que hacía muy poco que habían sido asesinados el senador Kennedy y Martin Luther King- se movilizó una enorme maquinaria: 6.000 soldados, 18.000 policías y 530 agentes secretos. Enfrente, 5.000 antisistema, repartidos entre anarquistas, pacifistas, comunistas, hippies, panteras negras, izquierdistas varios, moteros… Los enfrentamientos violentos entre estos bandos tan desparejos acabaron con al menos 500 heridos. Una comisión oficial estableció, a mediados de noviembre de 1968, que la responsabilidad de la deriva violenta de los hechos era atribuible a la policía.

Trece meses después de los incidentes, llegó el proceso judicial contra los cabecillas de la convocatoria. El juicio se saldó con diversas condenas, pero el verdadero interés es la naturaleza de varios de los testigos citados: Ginsberg, sí, pero también Norman Mailer, Timothy Leary -apóstol del LSD- o el novelista William Styron, entre otros. La presencia de intelectuales revestía al juicio, más allá de los sucesos analizados, de una pátina cultural o filosófica de primera magnitud.

El interrogatorio a Ginsberg es la parte central del libro y, si no fuera por su procedencia fidedignamente oficial, se diría extraído de una obra de ficción. El beatnik hace proselitismo de su espiritualidad oriental, hasta el punto de cantar el mantra “hare krishna, hare krishna, krishna krishna, hare hare…”, lo que lleva a uno de los alguaciles a echarse la mano a la chaqueta para empuñar su arma. No satisfecho con ello, en otro momento pronuncia sonoros y larguísimos ommmmmm -“parecidos a una sirena de niebla”, dicen los que lo oyeron- que levantan la protesta del fiscal (“protesto”, dice, el juez le responde: “No ha dicho por qué protesta”, y el fiscal precisa: “Protesto no por el primero sino por el segundo omm, tampoco es cuestión de que se tire así toda la mañana”). La de Ginsberg es una de las performances de su vida, en la que supo además implicar como figurantes a los miembros del sistema, desde el juez a los alguaciles pasando por el fiscal o los jurados, la mayoría “amas de casa del condado de Cook”, como observa el periodista Epstein. Ginsberg recita a Blake, describe los sucesos con un lenguaje metafórico, bello a ratos, iluminado otros, y explica técnicas de respiración, declama versos pornográfico-fecales y, a petición de la defensa, recita de memoria su Aullido, a gritos, y señalando con el dedo al magistrado en aquel pasaje de: “¡Moloch! ¡Moloch! ¡Pesadilla de Moloch! ¡Moloch el sin amor! ¡Moloch el pesado juez de los hombres! ¡Moloch la desalmada cárcel de tibias cruzadas y congreso de tristezas!”.

Los ecos culturales de aquellos disturbios de 1968 fueron varios, como la película Medium cool (1969), que inserta filmaciones reales en una trama de ficción, o la canción Peace frog (1970) de The Doors, entre muchas otras… Pero ninguno resiste la intensidad de la comparación con el aullido de Ginsberg ante el juez Hoffman.