Los sueños que siempre terminan transformándose en pesadillas /
“El móvil perpetuo. Historia de un invento” de Paul Scheerbart
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A pesar de no haber pertenecido a los círculos expresionistas y dadaístas, el escritor alemán Paul Scheerbart fue muy valorado en ellos: los expresionistas simpatizaban con su rechazo al naturalismo y con la preeminencia en su obra de una imaginación poco habitual cuyos temas eran las sociedades utópicas y la vida en otros planetas y que recurría a la ironía y a la exageración humorística para cuestionar los valores dominantes; los dadaístas, por su parte, aprendieron mucho de poemas suyos como “Kikakoku! Ekoraláps!”, que carecen de todo sentido más allá (tal vez) de uno musical.

Ni expresionistas ni dadaístas supieron nunca, sin embargo, si Scheerbart hablaba en serio o no cuando afirmaba haberse propuesto la creación de una máquina de movimiento perpetuo; posiblemente ni siquiera él mismo lo supiera. El móvil perpetuo: historia de un invento (publicado por Gallo Nero en su bella colección “piccola”, una de las más interesantes del panorama español) es la historia de una especie de fiebre que asaltó a Scheerbart desde el 27 de diciembre de 1907 hasta el 12 de julio de 1910 y que lo llevó a creer una y otra vez que había conseguido dar con uno de los descubrimientos más deseados de su época: el de una máquina que funcionase por sí sola y sin necesidad de combustible. La máquina, por supuesto, nunca funcionó, cosa que parece haber aliviado al escritor alemán, que sabía que su creación habría supuesto la desaparición de la sociedad de su época mediante la introducción de la iluminación permanente de las ciudades, la desaparición de las fronteras políticas debido a una aceleración del desplazamiento, la abolición del dinero, del trabajo, de la lucha de clases y de la religión (también de la producción literaria, porque, como afirma, “no creo que una época de auge económico favorezca a la literatura”, 36).

Para Scheerbart (y esto lo vincula con las vanguardias históricas que tanto lo admiraron), se trataba de fusionar arte y vida, de estetizar la experiencia mediante la transformación del paisaje. A diferencia de las vanguardias históricas, sin embargo, el escritor alemán comprendió que era necesario que ese proyecto fracasase para que su triunfo se produjese en el ámbito de la estética. Esto y una muerte temprana (en 1915, en un manicomio) le ahorraron adherir al fascismo o al comunismo, que son los regímenes que traicionaron las ilusiones de transformación social de sus colegas vanguardistas, muy posiblemente para nuestro beneficio.

Paul Scheerbart puede haber estado loco: el de la invención de una máquina de movimiento perpetuo era uno de los delirios más frecuentes en la época, como recuerda André Blavier en su excepcional Les Fous littéraires (en el que lo incluye), y algunas frases suyas parecen ratificar esto (“Yo no creo que sea yo quien hace todo esto”, 24; “Era muy extraño que yo no fuese capaz de saber por qué los prototipos no funcionaban”, 67). A pesar de ello, y aunque su obra puede ser descartada desde el punto de vista técnico, no puede ser dejada de lado si se la considera en términos literarios, por su calidad y porque apunta a un asunto central: el de la literatura como depositaria de los proyectos fallidos, de las utopías, de los sueños que siempre terminan transformándose en pesadillas.

Paul Scheerbart
El móvil perpetuo. Historia de un invento
Trad. Esther Cruz Santaella
Madrid: Gallo Nero, 2014