El Boomeran(g)

Una obra, dos centros

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“Acompañamietno gráfico” de Hugo Pratt a la obra de Arthur Rimbaud.
Nos gusta pensar que Arthur Rimbaud abandonó la literatura de forma definitiva a los veinte años y hay algo de cierto en ello; sin embargo, el autor de las Iluminaciones no permaneció ágrafo el resto de su vida. Entre agosto de 1880 y febrero de 1890 (tras un período de errancia y de búsqueda que incluyó un viaje a pie por el sur de Alemania, el alistamiento y la deserción de la Legión Extranjera holandesa y un período como capataz de una cantera chipriota), Rimbaud envió a su familia una veintena de cartas en las que relató sus escasos progresos y sus numerosas desgracias en los puertos del Mar Rojo primero y luego en Etiopía, donde traficó con armas y se aburrió y finalmente enfermó de una pierna, que (a raíz de un diagnóstico erróneo y una travesía absurda de Harar a Zeila en brazos de dieciséis portadores negros) le fue finalmente amputada en Francia, lo que no impidió que muriera seis meses después, a la edad de treinta y siete años.
Aun cuando este legado parezca poco significativo en relación a la extraordinaria producción de Rimbaud entre los quince y los veinte años de edad (cinco años en que aspiró a y después desdeñó ser un escritor, pero cambió de forma radical la literatura de su época y de las siguientes), las Cartas de África tienen relevancia literaria. Esa relevancia no se desprende, sin embargo, de la importancia de su creador (puesto que esa importancia sólo puede ser el resultado de la de las obras literarias), sino de su valor como testimonio de la verdadera “temporada en el infierno” de su autor y la plasticidad y eficacia con la que Rimbaud consigue describir los paisajes que recorre. También, por las perspectivas inusitadas que brindan sobre sus años más negros: abandonada ya definitivamente la poesía, el francés sólo leía manuales de metalurgia, de hidráulica urbana y rural y de mineralogía.
A la plasticidad y potencia evocativa de la que hablaba más arriba contribuyen, y no poco, en esta edición de la editorial madrileña Gallo Nero, las magníficas ilustraciones de Hugo Pratt, que vivió parte de su infancia en Harar y retrata aquí sus tipos humanos con una elegancia algo nerviosa, como si el artista estuviese tomando bocetos apresurados en una calle etíope: leer estas Cartas de África junto con las ilustraciones de Pratt es como acceder a los pensamientos de su personaje más famoso, un Corto Maltés que parece haber sido inspirado por estas aventuras africanas de Rimbaud.
Utilicé la expresión “ilustración”: en conversación con Joan Retallack, John Cage afirmó en alguna ocasión que prefería hablar de “acompañamientos gráficos” antes que de “ilustraciones”, ya que “la ilustración significa que el centro existe en otro lugar”, “mientras que con un acompañamiento, cada uno [el texto y la imagen] están en su propio centro”. Me parece una observación pertinente. Aquí tenemos pues una de esas singulares obras que poseen dos centros, a cargo de dos de los artistas más importantes que poblaron sus respectivos siglos, para disfrute de los lectores de un siglo que ninguno de los dos vio pero que sería difícil de concebir sin su aporte.
Arthur Rimbaud y Hugo Pratt
Cartas de África
Trad. Paula Cifuentes
Madrid: Gallo Nero, 2011