«Metrópolis», otro final es posible
El clásico de Von Harbou incluye partes omitidas del filme

02 de agosto de 2013. 18:39h
Diego Gándara . Barcelona.

Todavía no sucedió, pero podría ocurrir en cualquier momento. En Metrópolis, una ciudad llena de rascacielos y autopistas, los obreros martillan sus diez horas de duro trabajo diario en un mundo subterráneo mientras arriba, en los jardines eternos, una élite de intelectuales y propietarios comandados por Fredersen, presidente y director de esta opresiva ciudad-estado, dirige los destinos de los habitantes. Todo ocurre en 2026, pero Fritz Lang concibió esta distopía en 1927, cuando estrenó su filme «Metrópolis» y le dio forma al expresionismo alemán con una historia de ciencia ficción. La había imaginado, según contó, unos años antes, mientras regresaba en barco a Europa tras una estancia en Nueva York. Al contemplar desde la cubierta esta ciudad, pensó que en un siglo el mundo podía convertirse en la urbe que describiría en su célebre película.

Aún le quedaban unos cuantos días de travesía y algunos meses de trabajo en Berlín con la escritora –y su mujer– Thea von Harbou, que escribió el guión de este hito del séptimo arte junto a él. Poco después del estreno, ella se encargó de «adaptarlo» en una novela.

Publicada en 1927, y ahora editada por Gallo Nero, la «Metrópolis» diseñada por Thea von Harbou no difiere demasiado, en esencia, de la versión en la gran pantalla, más allá de que resulte difícil seguir el hilo de la trama sin remitirse a la obra de Lang. Tanto en la novela como en la película el desenlace es el mismo: el hijo amado de Fredersen, Freder, ofrece a la humanidad una posible redención mediante la ayuda de María, una mujer que encarna la armonía entre el ser humano y la naturaleza, y que es el emblema de esa frase pascaliana que recorre la novela y el filme como un mantra: «Entre el cerebro y el músculo debe mediar el corazón».

Así, teniendo en cuenta que en el montaje inicial de la película se perdieron fragmentos que hasta 2001 no fueron recuperados, la novela de von Harbou permite descubrir las partes que fueron omitidas en la versión final, a pesar de que se trata de breves pinceladas que no alteran el tema prinicipal de «Metrópolis». Aun así, von Harbou logra imprimirle a su historia un sello propio: un estilo particularísimo, lleno de detalles que a veces coquetean con un universo de fábula terrible y que hacen que, en conjunto, el lenguaje desplegado en la obra no naufrague en las coordenadas de una sintaxis tan repetitiva y mecanizada como el pulso que mide la vida en esa ciudad futurista.

Sea como fuere, Fritz Lang y Thea von Harbou siguieron trabajando en otras películas. Ella, que había nacido en Baviera en 1888, en el seno de una familia de nobles prusianos, se había casado con Fritz Lang después de haber dejado atrás una prominente carrera como actriz a cambio de la literatura. Después de «Metrópolis», ambos firmaron los guiones de «M, el vampiro de Düsseldorf» y «El testamento del Dr. Mabuse», de 1933, que marcaría el final del matrimonio y el comienzo del exilio del director vienés.

Un año antes, Thea von Harbou, que se había convertido en una figura importante de la industria cinematográfica del Tercer Reich, se afilió al Partido Nacionalsocialista, lo que provocó que Joseph Goebbels se acercara a Fritz Lang para ofrecerle la dirección de los estudios alemanes UFA. Lang no lo dudó: dejó a su mujer y Alemania, y esa misma noche se marchó a Francia para después terminar en Estados Unidos. Thea von Harbou, en cambio, se quedó. Murió en 1954, después de que en Berlín proyectaran en su homenaje la película «Der müde Tod». Al salir de la sala, tropezó en la acera y se cayó. Murió días después.