Sherwood Anderson: Muchos matrimonios

Prólogo de Francis Scott Fitzgerald. Traducción de Laura Salas Rodríguez. Gallo Nero. Madrid, 2012. 223 páginas. 19 €

22-04-2012

Como reza en la solapa de esta atractiva edición de Muchos matrimonios, Sherwood Anderson (1876-1941) está considerado maestro del relato corto y referente de autores como Hemingway, Faulkner, Steinbeck o Thomas Wolfe. Con esa presentación, las expectativas de quien se dispone a leer han de ser forzosamente elevadas. Tal horizonte de elevación no se ve frustrado, aunque sí puede haber otras expectativas que se vengan abajo para bien, provocando en los lectores el efecto que suelen provocar los buenos libros: sacarlos de sus casillas, dejarlos con esa cara de tonto que anuncia la crisis, el desorden de los cajoncitos donde se guarda la ropa vieja, los prejuicios y la convicción respecto al deber ser de las cosas.

Leemos un libro antes de comenzar a leerlo: cuando empezamos a forjar hipótesis a partir de la biografía de un autor, un título, una reseña…. En Muchos matrimonios, el proceso de lectura arranca desde la revisión de la portada: una típica familia estadounidense de los años cincuenta —padre, madre, dos niñas y un niño, rubios, saludables, limpios, blancos…- reza, con fervor narcoléptico, frente al pavo, el pan con mantequilla y los guisantes que se disponen a comer. Bárbaras delicatessen de la gastronomía anglosajona. La imagen es tan publicitariamente perfecta y ejemplar que resulta espuria. Como si, ante los lectores, esa familia se colorease con tonalidades lisérgicas que la convierten en algo distinto de lo que parece ser. Del mismo modo, la historia de un hombre adúltero que abandona a su familia por su secretaria, el relato convencional de un fabricante de lavadoras de Wisconsin, apellidado Webster, muta en aldabonazo que cuestiona los cimientos de la civilización en general y del american way of life en particular. La crítica se llena de sentido para los lectores de cualquier parte del mundo en la misma proporción que el modelo se ha exportado con éxito: casitas adosadas, jardincitos, venta a plazos, puritanismo, Halloween…

En el prólogo de esta edición —una reseña publicada por el New York Herald en 1923- Scott Fitzgerald apunta hacia una de esas premisas de la literatura que quedan emborronadas entre el estruendo de un canon que aspira a la comodidad de los lectores y al objetivo lampedusiano de que todo cambie para que todo siga igual. Fitzgerald habla de Tennyson y de Dickens quienes “a pesar de su blando radicalismo siempre se posicionaron del lado del pensamiento común” y coloca a Anderson junto a otros escritores capaces de criticar las convenciones sociales y de visibilizar su dimensión ideológica. Anderson, en su reivindicación de una naturaleza humana, erótica e instintiva, comparte la visión de los poetas de la Generación del 27 que presintieron una de las crisis recurrentes del capitalismo y denunciaron las formas de vida, impostadas y deshumanizadoras, que acarreaba el sistema. Por eso, Anderson, a veces con una prosa de la que emana un aura de misticismo, llama “la joya de la vida” a la piedra que le da a su hija Jane; por eso, la casi asexuada mujer de Webster es una especie de zombi y el hombre que se atreve a abandonar familia y empresa, poniendo de manifiesto los vínculos que anudan economía y amor, maneras de vivir, urbanismo y disposición de las habitaciones, corre el riesgo de ser considerado un loco o un delincuente. El lector se ve casi obligado a poner en tela de juicio los conceptos de cordura y libertad. Anderson demuele, a través de la mirada de un fabricante de lavadoras que aspira a ser escritor, algunos tabúes en los que se basa nuestra convivencia: la posibilidad de que el desnudo no sea culpa; de que un padre mire a su hija como un cuerpo más o menos deseable; la intuición de que la vergüenza es una emoción que nace de la mixtificación; la exigencia de ser brutal si se quiere ser feliz y de que hay que responder a la pregunta sobre qué se le puede contar a un hijo y dónde esta el límite entre la capacidad de enseñar o destruir de los relatos. De la exhibición de los sentimientos más oscuros. A menudo ese acto se censura a través del marbete de la obscenidad. Pero poder formular la experiencia con palabras se parece mucho a entender y es preciso entender para ser feliz. Entender lo incomprensible, lo sórdido, lo ajeno.

Uno de los aspectos más interesantes de Muchos matrimonios son sus poco aleccionadoras lecciones metaliterarias: la idea de que el discurso, la confesión, puede ser más conmovedor —liberador o dañino- que el impulso sexual o que las realidades desnudas. La reflexión sobre la suciedad del eufemismo. Los recatos que pudren. Es estremecedora la visión que Anderson ofrece de la institución familiar y, a la vez, de una institución literaria cómplice de un determinado estado de cosas. Con punzante ironía, el autor desvela el carácter nunca inocuo del discurso literario: “¿No se da cuenta de que han sido nuestros escritores quienes nos han recordado constantemente el código moral y las virtudes esenciales? Los hombres como usted y como yo, propietarios de negocios y, en cierto sentido, responsables de la felicidad y del bienestar de la comunidad, jamás podrán estarle lo suficientemente agradecidos a los literatos americanos.” Apuntalar el discurso hegemónico desde la aparentemente inofensiva y hermosa palabra literaria. Cambiarlo todo para que nada cambie.

Fitzgerald aclara que Anderson no es inmoral, sino antisocial. Y tiene razón, porque esta novela es un proyecto moral: la inocencia, la limpieza del cuerpo desnudo y el valiente atrevimiento de la desinhibición son ácido sulfúrico para las sociedades biempensantes asentadas en el doble rasero, la hipocresía y esa represión de las pulsiones que hace de la felicidad un horizonte imposible. El planteamiento es näif, pero no pueril. Inocente, pero no ingenuo. Tal vez tendríamos que preguntarnos en qué tipo de universo distópico vivimos cuando la inocencia puede llegar a ser antisocial y subversiva.

Por Marta Sanz