Los últimos días de Raymond Queneau
RESEÑADO POR RAFAEL MARTÍN

Al abandonar el grupo surrealista por desavenencias con su cuñado André Breton (como tantos otros), Raymond Queneau emprende su propio camino. Un recorrido literario nada convencional con el que pretendía “desoxidar la literatura de sus diversas herrumbres, de sus costras”, como decía a propósito de sus ‘Ejercicios de estilo’ (1947), esa propuesta multiforme y paródica precursora de las que surgirían del grupo OuLiPo (Ouvroir de littérature potentielle), creado en 1960 por Queneau junto a François Le Lionnais y en el que participarían activamente Georges Perec e Italo Calvino. Entre medias también hay obras alimenticias sin dejar de ser divertidamente provocadoras, como las firmadas con el seudónimo de Sally Mara, o su mayor éxito de público: ‘Zazie en el metro’ (1959).
‘Los últimos días’, publicada en 1936, contiene, como no podía ser de otro modo, elementos formales heterodoxos, como las exhaustivas listas tan queridas por Perec o los divertidos neologismos. Sin embargo, el texto es de una sencillez acogedora, aunque podamos intuir, bajo su tranquila superficie, la presencia de conceptos geométricos como la circularidad, el paralelismo o la triangulación, entrelazando personajes y situaciones. Se genera así una sólida estructura subterránea coherente con la formación matemática de un autor del que puede esperarse cualquier tipo de lúdica propuesta.
La acción se desarrolla en el efervescente ambiente del París de comienzos de los años veinte, y se centra en las actividades de dos grupos dispares. Por un lado el de los amigos que, procedentes de El Havre, acceden a la Sorbona para seguir estudios de filosofía: Tuquedenne, álter ego del autor, tímido, virgen y declarado dadaísta; Hublin, obsesionado con el espiritismo y símbolo de la aventura azarosa; o el desenvuelto Rohel, interesado por la hermana de un condiscípulo parisino: el solvente Brennuire.
Como contrapunto a este grupo encontramos en el café Soufflet a un trío de avanzada edad: Tolut, profesor de historia jubilado, obsesionado con haber estafado a sus alumnos al haberles enseñado geografía careciendo de experiencia viajera; su cuñado y editor de arte Brennuire padre; y Brabbant, cuyos cambios de nombre nos hacen sospechar de la nobleza de sus intenciones y de la honradez de sus negocios. Y todos bajo la aguda mirada del camarero Alfred, confiado en que el magnetismo, los planetas y la estadística le permitirán, a la postre, recuperar justicieramente las pérdidas de su padre en las apuestas.
La correspondencia entre ambos conjuntos humanos y sus peripecias se ve reforzada explícitamente mediante el paralelismo entre los capítulos XXIII y XXV, en los que hechos similares son interpretados por personajes de cada grupo, como si de uno de los futuros ejercicios de estilo del autor se tratara.
Queneau construye así un texto irónico y entrañable, en el que el protagonista Tuquedenne combate la soledad y la angustia ante el futuro mediante la lectura, el interés por las vanguardias o los reflexivos paseos por el Barrio Latino. Por su parte, Alfred cerrará el círculo de sus especulaciones filosóficas retornando al pensamiento inicial en el que asociaba el repetido y anual flujo de clientes con el inexorable y eterno paso de las estaciones. El camarero parece, además, erigirse en un dios conocedor del destino de sus parroquianos al que algunos incluso tratan como oráculo. Un demiurgo que profetiza el fin del universo conforme otro más poderoso, el narrador omnisciente, certifica el final de la narración.