El viento sopla donde quiere

 

Imprescindibles

La última película es siempre la penúltima

 

Es reconfortante volver a ver La última película y comprobar que en 1971 ya se cerraban cines y a los personajes les invadía una horrible nostalgia y sensación de orfandad. Fue el tercer largometraje de Peter Bogdanovich y su consagración dentro del nuevo Hollywood, después enterrado junto a tantos otros grandes cineastas, víctima de su propio talento y de toda una época, pagando todavía las cuentas de sus desvaríos, solo parcialmente recuperado cuando viene alguien como Wes Anderson y se sienta a la mesa junto a él. Los modernos reivindican a los clásicos y el ciclo vuelve a cerrarse. Lo mismo hacía Bogdanovich cuando se sentaba frente a John Ford o Howard Hawks para entrevistarlos y reconocer la herencia recibida.

La última película fue en realidad una película llave, que cerraba la puerta al pasado suave y respetuosamente, nada que ver con los sonoros portazos de otras películas del momento. Lo explicó mejor Peter Biskind en su ya mítico Moteros tranquilos, toros salvajes: “En contraste con las películas antiautoritarias y en clave generacional (como Bonnie and Clyde, Easy Rider (en busca de mi destino) y M.A.S.H.), La última película es reverencial  respecto al patriarca, el Sam interpretado por Ben Johnson, que es el maestro, el legislador y la fuente de valores de la que se nutre la película. Con él muere toda una época, como sin duda ocurre en la elegíaca Liberty Valance de Ford”.

Llegando a su final, La última película recrea su propio título en una secuencia en la que los dos protagonistas se despiden del cine que los ha visto crecer, viviendo aventuras que jamás habrían podido experimentar ellos mismos, compartiendo secretos y mujeres hermosas que los deslumbraban y se instalaban entre sus recuerdos más vívidos. La última sesión antes de que el cine cierre sus puertas es la reposición de una película que ya han visto otras veces, pero eso no parece importarles, la película vuelve a suceder en la pantalla, igual que la primera vez pero siempre distinta.

El final de Río Rojo, de Howard Hawks, parece haber estado allí siempre, esperando al final de La última película, pero al leer estos días la novela de Larry McMurtry en la que se basa, recién publicada por primera vez en español, descubro que la película programada para aquella última sesión era La leyenda de Billy el niño. En la novela, Duane y Sonny, los personajes principales, se aburren soberanamente con la película y abandonan la sala antes de que termine, sin asomo de sentimentalismo. Al cambiar la película por Río Rojo y mantener a sus personajes en la sala hasta el mítico “The End” y el encendido de las luces, Bogdanovich se permite un pequeño cambio fundamental en una adaptación por lo demás escrupulosamente fiel al libro. Y no es casual que fuera precisamente ahí. Quizá, como tantos cinéfilos, Bogdanovich tenía la sensación de haber llegado tarde a su cita con el cine, el cine con el que había crecido y que había soñado hacer. Bajo esa melancolía filmaría otras películas maravillosas como ¿Qué me VigRX pasa, doctor?, Luna de papel, o la siempre poco valorada Todos rieron.

La novela de Larry McMurtry, llena de hallazgos literarios y adjetivos que necesariamente se quedaron fuera de la película, contiene además una serie de párrafos que dilatan el tiempo transcurrido tras el cierre de aquel cine en medio de la américa profunda. Y dice así:

“De toda la población de Thalia, Billy fue quien más echó de menos el cine. No entendía que estuviera cerrado para siempre. Cada noche pensaba que abriría de nuevo. Durante siete años había ido al cine todas las noches sin excepción, siempre sentado en el palco, siempre barriendo cuando acababa la sesión; no podía evitar la ilusión de que reabriera. Todos los días agarraba su escoba y se iba al cine, con la esperanza de que ya hubiera abierto. Como no era así, se sentaba en la acera frente a los juzgados, observando la fachada y esperando a que tal vez se abrieran las puertas un poco más tarde.

“(…) Un día, un viernes por la tarde, la señorita Mosey tuvo que entrar en el cine a buscar una cosa que se había olvidado y dejó que Billy la acompañara. La pantalla apagada estaba como muerta, pero el muchacho se alegró de estar dentro, por lo menos, de modo que subió al palco y se sentó a esperar. La señorita Mosey pensó que ya habría salido y cerró con llave; no cayó en la cuenta de que podía haberse quedado en el palco hasta bien entrada la noche, cuando Sonny empezó a preocuparse de verdad y se puso a preguntar a los vecinos. Cuando entraron, Billy seguía sentado en silencio con su escoba, en medio de la oscuridad, esperando con la absoluta certeza de que la proyección empezaría de un momento a otro.

“Durante todo el mes de octubre y todo el mes de noviembre, Billy añoró el cine. Sonny no sabía qué hacer, pero era una mala racha en general y ni siquiera sabía qué hacer consigo mismo. Ahora tenía otra concesión para bombear. Quería trabajar aún más para agotarse y así no pasar las noches en vela, sintiéndose solo. No había muchas novedades, y no creía que las fuera a haber. Un día fue a Wichita y compró un televisor, pensando que tal vez ayudaría a Billy a superarlo; pero no fue así. Billy veía la tele mientras Sonny estuviera por allí, pero en el momento en que Sonny se marchaba, él también. No confiaba en la televisión. Siguió acercándose al cine cada noche, con viento del norte o sin él: se sentaba en el bordillo de la acera a esperar, muerto de frío y desconcertado. Sabía que tarde o temprano abriría, y a Sonny no se le ocurría la manera de hacerle entender que el cine no volvería a funcionar”.

Hoy seguimos cerrando puertas y haciendo películas elegíacas, filmando cines vacíos o llenos de espectadores muertos, como los que aparecen al principio de Holy Motors, la nueva película de Leos Carax que se estrena hoy. Los ciclos se cumplen y dan paso a otros ciclos, pero mientras tanto, la muerte del cine nunca termina de suceder. La última película es siempre la penúltima.