“La última película”, un melancólico retrato texano

Por | Portada | 26.12.12

La última película. Larry McMurtry
Traducción de Regina López
Gallo Nero (Madrid, 2012)

Habían pasado pocos años, demasiados pocos para borrar el recuerdo de la segunda gran guerra que, en el todavía joven siglo XX, traspasó una vez más todas las fronteras. Pasó tan sólo una década desde que los estadounidenses descubrieron una vulnerabilidad hasta entonces desconocida: en 1941, el ejercito japonés atacaba la base naval de Pearl Harbor, un ataque enmarcado en el peor de los escenarios y que vería escribir las últimas líneas de su historia en el mes de agosto de 1945, cuando el ejército de Estados Unidos, siguiendo las indicaciones del Presidente Truman, lanzaba dos bombas atómicas en tierras niponas. Tras 1945, el mundo había cambiado, el número de muertos en el campo de batalla había sido elevado, el terror a un nuevo conflicto impuso una guerra fría entre occidente y oriente, una frialdad que mantuvo en equilibrio precario a los Estados Unidos y la URSS, pero que no alcanzó a impedir un nuevo conflicto donde los norteamericanos volvieron a ver como sus jóvenes se alistaban en el ejército en nombre de una verdad tan ficticia como ajena para ellos. Era 1950, tan sólo cinco años después del segundo gran conflicto, cuando la Guerra de Corea daba inicio y la bandera norteamericana volvía a ensalzarse, como lo ha seguido haciendo en demasiadas ocasiones, en nombre de una libertad que paradójicamente se imponía a través de las armas y de indiscriminados ataques militares. La libertad y la democracia, como en tantas otras ocasiones en las décadas siguientes, se convirtieron en la falsa bandera tras la cual marcharon muchos jóvenes americanos para los cuales el conflicto del ’39 había sido solamente un rumor de adultos. Ahora, eran ellos, como lo hicieron antes los mayores, quienes debían alistarse y así lo hizo Duane, adolescente insatisfecho por una realidad árida que nada ofrecía a un joven recién salido del instituto de una desértica ciudad de Texas.

Pocos meses después de que el general Douglas McArthur comenzara en Incheon la ofensiva en contra del ejército norte-coreano, Duane parte hacia Corea, de donde volverá únicamente “si no me disparan”. A sus espaldas quedan los años transcurridos en Thalia, únicamente interrumpidos durante su breve estancia en Dallas, donde había encontrado trabajo poco antes de alistarse; a sus espaldas queda también una realidad vacía de oportunidades: el rechazo hacia los estudios -repudio que le había perseguido a lo largo de su época en el instituto- y la imposibilidad de un futuro laboral más allá de las fronteras texanas convertían el ejército, ante la ingenua mirada todavía adolescente de Duane, en la única salida posible de aquella pequeña ciudad texana, en la que Sonny parece condenado a permanecer. A primera hora de la mañana, el autobús conduce a Duane a la lejana Corea, en la acera permanece Sonny, observando cómo su sueño militar se desvanece; él, al contrario de su amigo, no puede alistarse en el ejército; él, al contrario de muchos otros jóvenes de su generación, no puede formar parte de aquella empresa de cuyos peligros es tan inconsciente como ignorante de las causas que la motivan. Las palabras de Duane antes de marchar, recordando con sarcasmo a su amigo Sonny que el regreso será sólo posible si sobrevive a los disparos, son los únicos signos de lucidez en aquel joven cuyo retorno no se prevé hasta dos años más tarde.

 

Larry McMurtry (foto:mythicalmonkey.blogspot.com.es)

Sonny está obligado a permanecer en Thalia, escenario de su adolescencia todavía reciente vivida junto a Duane y lugar del cual toda huida parece imposible. Su breve escapada a México o su matrimonio de pocas horas celebrado a escondidas a pocos kilómetros de la ciudad son sólo un paréntesis, Sonny termina siempre por regresar. Como su personaje, Larry McMurtry regresa con su novela a la realidad del Texas en la que creció, su ciudad natal Archer City se convierte en Thalia, inventio literaria y, a la vez, escenario realista de una época que termina, de un mundo que cambia, de una adolescencia, la de Duane, la de Sonny, pero también la de Jacy y la de Joe Bob, convertida en el capítulo final de un tiempo al que sus protagonistas ya no podrán regresar. Thalia es el escenario de esa última película de la cual Sonny y Duane son sólo unos personajes más de una ficción escrita por todos y cada uno de los vecinos Pokies de Thalia, una ficción que se desmorona a lo largo de la novela mostrando los vacíos y las imposturas que tras ella se escondían. McMurtry se inscribe en la tradición literaria norteamericana del siglo XX, su Thalia evoca aquel condado de Yoknapatawpha creado por Faulkner, quien relataba a lo largo de diferentes novelas la historia de la familia Compson a la vez que reconstruía la historia de un Sur marcado por el clasismo, por la confrontación racial, un Sur en conflicto con el Norte, en un enfrentamiento que perdura todavía, una vez concluida la Guerra de Secesión. En McMurtry el Mississipi del cambio de siglo evocado por Faulkner es sustituido por un Texas en el que el orden que estructuraba la vida y las relaciones entre los vecinos empieza a debilitarse sin llegar nunca a fracturarse: su aventura extramatrimonial conocida por todos sus vecinos es la única salidad de Ruth Popper, voluntariamente atrapada en su matrimonio con el entrenador del instituto, cuya virilidad indiscutida por sus vecinos -“es entrenador”- es cuestionada por su insatisfecha mujer. Ruth no se ha casado para separarse, como tampoco lo ha hecho Lois Farrow, que, pese a sus continuos escarceos amorosos, permanece unida a un marido de quien únicamente recibe una acomodada posición económica, una riqueza que, sin embargo, se revelará profundamente insatisfactoria. Jacy, la hija de Lois, se subleva contra un futuro planificado que ella, sólo en apariencia, rechaza: ella se negará a abandonar Thalia para ir a estudiar a la universidad, intentará enamorarse de Duane a la vez que tratará con escasa fortuna de rechazar aquel mundo elitista al que indudablemente pertenece. Si bien en esos años cincuenta el orden social que había regido hasta entonces parece tambalearse, si bien el mundo que Sam el León había conocido en su juventud parece desaparecer, en Thalia nada cambia, sigue siendo el escenario del que ningún vecino puede alejarse. La película que se cuenta en esa pequeña ciudad del Texas es siempre la misma, en esa invariable cotidianidad una brecha se abre, una breve brecha, apenas pocos meses, durante los cuales Ruth, Lois y Jacy, así como también Sonny y el propio Duane abandonan la rígida vacuidad que controla sus existencias, unos pocos meses que, sin embargo, llegan a su fin. El cine cierra definitivamente sus puertas, y los vecinos abandonan aquella película, la última película, que les permitió soñar con bodas en secreto, amores pasados revividos, proyectos futuros en el ejército, en definitiva, planes y sueños irrealizables, breves instantes de una película que termina.

Con La última película, Gallo Nero nos ofrece leer una de las mejores novelas de Larry McMurtry, quien en 1985, años después de su publicación,  ganaba el premio Pulitzer por Lonesome Dove; en esta obra, el escenario vuelve a ser Texas. Sin embargo es el Texas de un oeste a cuya conquista se lanzan los primeros norteamericanos. Con Lonesome Dove McMurtry recurre al género Western, consagrado en la pantalla por John Ford, para retratar el Texas de 1876, cuando todavía las colonias de norteamérica pertenecían a Gran Bretaña. En la Thalia de 1951 ya nada queda de aquel tiempo de conquista del west, el escenario retratado por McMurtry en La última película ya no está impregnado de aquel espíritu de conquista que había caracterizado los años setenta del siglo XIX. El estilo es sobrio, conciso, nada queda de la herencia estilística de Faulkner, del monólogo interior y de la constante mezcla e interferencia de voces en estilo indirecto libre; en las páginas de McMurtry se percibe una inevitable influencia cinematográfica, pues para el séptimo arte el autor escribirá y adaptará en más de una ocasión sus guiones, algunos de los cuales de éxito reciente, como es el caso de Brokeback Mountain. En 1971 McMurtry convertía La última película en un guión cinematográfico al cual Peter Bogdanovich pondría imágenes. Considerada como una de las mejores películas del siglo XX, el film fue definido en los años ochenta como una obra de gran relevancia histórica y cultural para los Estados Unidos, una trascendencia que, sin embargo, resulta injusta si se olvida que tras cada uno de los fotogramas se encontraba el melancólico relato novelesco de McMurtry, una narración sobre la vacuidad de perspectivas de una juventud cuyo destino ya estaba dibujado en la aridez del desierto tejano. No hay color en el paisaje de Thalia, oscuro, opaco, las descripciones de McMurtry crearon las imágenes, antes incluso de que aquellos fotogramas de Bogdanovich les concedieran movimiento.

Anna Maria Iglesia