La leyenda nociva de Hunter S. Thompson

Domingo, 7 de abril de 2013

El Confidencial, diario de información en español
Cultura

UN LIBRO RECOPILA LAS MEJORES ENTREVISTAS DEL AUTOR DE ‘MIEDO Y ASCO EN LAS VEGAS’
La leyenda nociva de Hunter S. Thompson
El escritor norteamericano Hunter S. Thompson.
Carlos Prieto 07/04/2013

Se ha escrito mucho sobre la leyenda de Hunter S. Thompson… y muy poco sobre el daño que le hizo. Todos conocemos las batatillas. Su afición a las drogas, su invención del periodismo Gonzo (vuelta de rosca al Nuevo Periodismo con el reportero protagonizando la trama), su libro Miedo y asco en las Vegas (1971), autopsia descabellada de la utopía de los sesenta. Hasta aquí el mito, ahora vamos con los problemas. Hunter S. Thompson (HST) siempre sufrió de bloqueo creativo, pero cuando se convirtió en icono, el atasco se agudizó. ¿Cómo estar a la altura de un mito tan desmadrado como el de Miedo y asco en Las Vegas? Los setenta fueron una década de muchas ideas tiradas a la papelera. Escribió alguna que otra genialidad contracultural, como el reportaje La caza del gran tiburón, pero el rey del Gonzo se había metido en un callejón sin salida tratando de superar su propia leyenda de escritor enloquecido.

No parece casualidad que su mejor texto de esa época, Fear and Loathing: On the Campaign Trail ’72, alucinante crónica de la campaña presidencial en la que Nixon aplastó al izquierdista (y amigo de HST) George McGovern, fuera su libro menos contracultural. Las crónicas de la carrera electoral muestran a un HST con escasas salidas de tono. Más reflexivo y en estado de gracia para el análisis político. Que Fear and Loathing: On the Campaign Trail ’72 esté inédito en España da idea de la visión incompleta del autor que circula por aquí.

Eso respecto a su trayectoria creativa y a su pequeño drama personal. Pero el mito también distorsionó en parte el significado de su obra. Los árboles (las drogas, los excesos, la leyenda) no dejaron ver todo el bosque. Estaba el Hunter toxicomano y el Hunter contracultural, cierto, pero también el Hunter político y el Hunter literario, obsesionado con replicar el ritmo de Scott Fitzgerald. Por no hablar del Hunter tiránico y el Hunter egocéntrico compulsivo. Eso sí, al sumar todos los HST, los jaleados y los olvidamos, nos topamos con un HST sobre el que quizás sí hay consenso: es uno de los mayores escritores cómicos del siglo XX.

La cara b de la leyenda

Por eso son tan necesarios libros como El último dinosaurio, antología de entrevistas con HST publicada ahora por Gallo Nero, o El escritor Gonzo, resumen de su correspondencia editada en 2012 por Anagrama. Porque arrojan luz sobre el otro HST. Porque la obra que no supo escribir tras convertirse en leyenda está en los márgenes. La cara b de Hunter es tan interesante como la a.

El último dinosaurio resume, por primera vez en castellano, algunas de sus entrevistas más emblemáticas, publicadas originalmente en revistas como Playboy, Rolling Stone, Esquire o The Paris Review. HST, huelga decirlo, se crecía delante de un micrófono. Sólo un exhibicionista nato podía haber creado esa demolición de la objetividad periodística llamada Gonzo.

HST habla aquí largo y tendido de política. Preguntado sobre si le pone tanto la política como la droga, responde: “A veces sí. Depende de la política y depende de la droga… hay distintos niveles”. También explica por qué se presentó a sheriff de Aspen en 1969, una campaña política organizada que no casaba con su imagen de francotirador por libre. HST, que tenía bastante más conciencia cívica de lo que daba a entender, intuyó pronto que el espíritu de los sesenta estaba a punto de ser sepultado. “Acababa de volver de la Convención Demócrata de Chicago (1968) y unos polis violentos me habían pegado sin ningún motivo. Me habían dado con una porra en el estómago y había visto a gen­te inocente golpeada sin sentido alguno; eso me seguía dando vueltas. Unos meses después eran las elecciones para la alcaldía de Aspen y en la ciudad había un abogado que estaba haciéndo­lo bastante bien en los casos locales de derechos civiles. Se llama Joe Edwards. Le llamé una noche y le dije: ‘No me conoces y yo a ti tampoco, pero tienes que presentarte para alcalde. Todo el puto sistema se está descontrolando. Si esto sigue así nos van a enchironar a todos. Tenemos que meternos en política, aunque solo sea en defensa propia. Al día siguiente fuimos a ver La batalla de Argely, cuando salimos, me dijo: ‘Lo haré. Vamos a mandar a la mierda estos cabrones’.

HST repasa algunos de los momentos cumbres de su campaña electoral a sheriff. Como un inaudito meeting político con medio pueblo horrorizado con su presencia y Thompson creciéndose como sólo él sabía. “Dije que usaríamos la oficina del comisario para acosar a los promotores inmobiliarios. Los especuladores estaban aterrorizados. Tu­vimos una serie de debates públicos que fueron brutales. El pri­mero fue en un cine, porque era el único sitio de la ciudad que podía albergar a tanta gente. Los pasillos estaban abarrotados, tuve que pasar a empujones para conseguir llegar al escenario. Yo llevaba puestos unos pantalones cortos y tenía la cabeza completamente afeitada. Esos paletos no lo soportaban. Esta­ban convencidos de que por fin había aparecido el anticristo, justo allí, en Aspen. Hay algo funesto en una cabeza totalmente rapada. El público nos hizo preguntas y explicamos un poco cuál era nuestro programa. Yo no me sentía del todo a gusto allí, sen­tado con el comisario de entonces y diciendo: ‘Cuando saque a este corrupto malhechor de la oficina voy a llegar yo y a lo mejor me meto un poco de mescalina las noches que sean tranqui­las…’”.

Entrevistas entre drogas

El libro, por supuesto, cuenta con un anecdotario sesentero impagable. Como la descripción de un histórico encuentro entre Ken Kesey y los Ángeles del Infierno, cuando HST estaba escribiendo su célebre crónica sobre los motoristas callejeros (1966). “Ken Kesey quería conocer a algunos miembros de los Ángeles, así que se los presenté y él los invitó a su casa. Fue un encuentro tremendo, muy significativo, así que pensé que era mejor estar allí para ver el resultado de esa mezcla explosiva. Y, claro está, los Ángeles se fueron para allá -en unas cuarenta o cincuenta motos- y Kesey y otros les ofrecieron ácido. Entonces yo pensé: ‘Me cago en la puta… Y ahora, ¿qué coño va a pasar?… Yo estaba convencido de que iba a correr la sangre y de que los Ángeles iban a destrozar aquel sitio. Y ahí estaba yo pensando: ‘Joder, soy responsable de esto, yo soy quien lo ha propiciado’. Mientras veía cómo esos lunáticos engullían el áci­do pensaba: ‘Coño, si esto va a ser tan fuerte, quiero estar lo más colocado posible’. Así que me fui hacia uno de los colegas de Kesey y le dije: ‘Dame un poco de esa mierda; esta noche la cosa se va a poner seria, puede que muy fea’”.

“Aunque no hay asomo de arrepentimiento ni remordi­mientos en sus palabras, sí que deja ver un poso de fastidio cuando se ve atrapado dentro de su propia caricatu­ra. ‘Es difícil ir por ahí con esa leyenda pisándote los talones’, les grita a los estudiantes de Richmond en 1978. Otras veces ad­mite que no es un periodista, que él sólo quería ser un escritor estadounidense o que ni sus consumos ni su hoja de anteceden­tes penales son para tanto… Con todas sus contradicciones, su carga idealista, su humor y su inconfun­dible estilo de escritor-macho-USA-enloquecido-y-orgulloso Hunter encontró una voz para distinguirse, excesiva y penden­ciera, que le dio los laureles y le obligó a pasar el resto de su vida pegado a la botella de Wild Turkey, metiéndose rayas, sin poder desprenderse de la boquilla TarGard ni de las Ray-Ban de avia­dor. No fue demasiado aburrido, pero quizá tampoco tan fácil”, zanja Chus Neira en el esclarecedor prólogo de El último dinosaurio.