EL ‘FANTASISTA’ DE LA MOVIOLA
crítica de “La dulce visión”, de Federico Fellini | Gallo Nero

Roma ya no es lo que era, pero sigue igual que siempre. Roma, como Italia en su conjunto, responde a una filosofía oscilante e intraducible: la del mercurio de una sociedad —como todas a fin de cuentas— demasiado indulgente con la corrupción. En Roma hay pasos de peatones, aunque éstos deben de ser invisibles para los kamikazes que los atraviesan como Pierre Nodoynuna en una carrera de autoslocos. Roma es abrumadoramente… singular, aunque toda esa belleza que salpica sus centenarias plazas y sus barrios sinuosos en parte reside en nuestro inconsciente cinéfilo. Roma se olvidó de la dolce vita, del simbolismo, del pecado agreste, de ese ligón llamado Marcello, de “vírgenes” que se mojaban las pálidas piernas en la Fontana de Trevi. Tan sólo perduran ciertos detalles; si acaso, una certeza: generalizar es síntoma de ignorancia y la fantasía ayuda a comprender el efecto hechizante de la piedra. El mismo hechizo que desprenden algunos de sus artistas, ya sean pintores, músicos, literatos o cineastas. Poetas de medio o gran relieve, emparentados con el Renacimiento y con el neorrealismo de Rossellini, De Sica, Antonioni y, sobre todo, Fellini. El Federico Fellini que rompió las reglas del juego, cuyo primer ciclo —representado por filmes como Luces de variedad, Los inútiles y La strada, entre otros— apenas mostró al mundo su auténtica talla creativa, esa que se apoya en la forma para a continuación demolerla desde los cimientos. Concluida la década de los 50, el de Rímini se sacudió esa aura fatalmente gris, irrumpiendo con pasos de coloso en el panteón de los grandes autores. Porque Fellini estaba dispuesto a crear sin concesiones, libre de complejos que cercaran su mentalidad, insobornable en su decisión de llevar a cabo dos modestas superproducciones que establecerían sendos hitos en la Historia del Cine. Hablo, por supuesto, de La dolce Vita y Fellini 8½; también de esa imagen levemente transgresora y cargada de libido, en la que Anita Ekberg se deslizaba delante de esculturas en su segunda o tercera juventud.

La niebla, la ensoñación, la angustia, la fatalidad, la esperanza, la síncopa narrativa del montaje. Además de sorprender, Fellini dejaba tras de sí un grato recuerdo: aquellos que le trataron en algún instante de su vida, hablan de un hombre generoso, visionario, tenaz, genuino; un tipo cuyo nivel humano sólo encontraba semejanzas en la medida de su talento. O al menos eso cuentan numerosos directores en La dulce visión, tras leer la extensa entrevista que Fellini, durante varios encuentros, concedió a Goffredo Fofi y Gianni Volpi en su despacho de corso d’Italia. Corría el año 1993. Unos meses antes, la Academia de Hollywood le había concedido el Oscar honorífico en reconocimiento a toda su carrera (algo sabía de cine ese hombre permanentemente unido a un sombrero negro, con la facha de un capitoste que bien podría emerger de cualquier película). Premios y tributos póstumos aparte, este pequeño (sólo a primera vista) libro arroja luz sobre una de las personalidades más distinguidas del cine no ya europeo, sino mundial, que rebasa los estadios del análisis fílmico, adhiriéndose finalmente —y quizá a perpetuidad— a nuestras emociones colectivas. Asimismo, los entrevistadores le preguntan acerca de sus influencias, de esas lecturas que marcaron su lenguaje y, por ende, su identificable universo. Y las respuestas de Fellini entroncan con Jung y con La metamorfosis de Kafka, con el surgimiento de Pasolini y la fábula intrínseca de Calvino, con el poso católico de ese país que vive a la sombra del Vaticano. Tampoco olvida mencionar una de sus mayores pasiones, a la que dedicó largas chácharas con amigos y alguna que otra teoría refutable: las mujeres. Declarado admirador del género femenino, no escatima en apreciaciones que, por qué no decirlo, resultan muy coherentes, cuando no lógicas. “Hasta una mujer más joven que nosotros será siempre más adulta. De niño, estaba convencido de que las chiquillas, que se pasaban horas las horas parloteando entre ellas, ostentaban secretos que jamás nos confiarían”. Estamos sin duda ante un artista intemporal, guste más o menos. Fellini comprendió rápidamente los intereses ocultos de la maquinaria, y se enamoró de ella aun sabiendo que mantenerla le costaría esfuerzos titánicos. Identificó el signo de la época y, de paso, legó una filmografía llena de tesoros. La dulce visión nos trasmite el sentimiento de gratitud que profesaba al cine: “Mi oficio es a tal punto generoso conmigo que me permite poder ejercerlo en cualquier sitio”.

Fotograma de ‘Fellini, ocho y medio (8½)’ | 1963

Poco después, me descubro imaginando a ese distinguido caballero frente al mar en calma que reflejan los cristales de sus gafas de sol. Sostiene un megáfono, y sostiene que contar una historia que tenga una conclusión es inmoral (“en el sentido más auténtico de la palabra”). Han sido muchas preguntas, sin ambages. Precisas y formuladas con un criterio quirúrgico. Reunidas ahora en un volumen fundamental para los amantes del director italiano y especialmente llamativo para algunos bisoños en la materia. Un documento periodístico que (sí) hace verdadero periodismo cinematográfico. Sólo echo en falta la ambientación previa a cada encuentro, los apuntes personales entre párrafos. Manías de lector, supongo. A los tipos como Fellini no sirve de nada escrutarlos psicológicamente. Son intocables, ajenos a su última primavera.

Juan José Ontiveros.
crítico de cine.

La dulce visión
de Federico Fellini.
Gallo Nero | 175 páginas.
ISBN| 978-84-938569-8-4.
colección| piccola.
formato| Rústica | 11×16.
traducción| Regina López.
precio| 11.40 euros.
“Un buen vino es como un buen film: dura un instante y te deja en la boca un sabor a gloria; es nuevo en cada sorbo y, como ocurre con las películas, nace y renace en cada saboreador.”