22 de febrero de 2013

LARRY McMURTRY

La última película

Gallo Nero Ediciones

Pocas cosas hay más tristes que estar atrapado en un pueblo en mitad de la nada. De hecho, hay muchas cosas más tristes que ésa (gulags, orfandad, hambrunas, discos de Radiohead, etc.), pero me refería en particular a la tristeza por erosión; esa que casi ni sabes que existe, de tan acostumbrado que estás a llevarla en hombros, como si fuese un niño de dos años particularmente gandul, hasta que un día te levantas por la mañana y, tirándote de los pelos, exclamas: DIOS MÍO ME HE ESTADO ABURRIENDO LOS ÚLTIMOS VEINTE AÑOS. Entonces te pones los pantalones y los zapatos y la camiseta y te marchas a otro lugar, cuanto más lejos mejor. Sin decírselo a nadie. Mejor así.

La última película, de Larry McMurtry, es el mejor libro jamás escrito sobre soledad, tedio y desesperación pueblerina. Desesperación callada, que es la que de verdad acaba matando. “Sonny estaba desconcertado, no sabía cuál era el problema”, escribe McMurtry, describiendo una de tantas metidas de mano rutinarias en el coche de uno de los protagonistas, “no se le ocurrió plantearse que se aburría”. Los tres temas fundamentales del libro son, precisamente a) Esa angustia-aburrimiento plomiza y espesa de pueblo que lo cubre todo, b) El deseo de escapar por cualquier método a tu alcance de ese eterno aburrimiento de pueblo y c) Las majaderías que pones en práctica cuando un día reparas en que jamás, después de todo, vas a abandonar tu maldito pueblo. La última película es como The Wanderers en rural y amplio y ventoso, sin la sordidez de violaciones, navajazos y abortos; es Rebeldes sin ni tan siguiera meneo de bandas y hostilidad nocturna (a sus personajes se les niega incluso esa excitación; no hay nada contra lo que rebelarse de forma tan obvia); es como American Graffiti a la mañana siguiente, y desde la perspectiva de los que se quedan: la noche de diversión ha quedado atrás, y ahora cómo cojones encaramos los siguientes 60 años de hacer lo mismo. Cada. Día. De. Nuestra. Puta. Existencia. Knockemstiff sin drogas. “Curbside” de Damien Jurado, puesta en páginas de ficción. “Now those days are gone / Slowly they’d slipped away”.

Los personajes de La última película son ratones atrapados en un laberinto muy grande (las vastas llanuras tejanas) pero que deambulan por pasadizos muy estrechos (la limitada visión del mundo que se tiene en un villorrio con un par de centenares de habitantes: Thalia). Todo es estático, en Thalia. Nunca sucede nada. Todo el mundo conoce a todo el mundo: sus secretos, lo que hicieron ayer, su pasado, sus traspiés, sus cornadas. “Small town, small minded”, cantaban los Lambrettas. En ese opresivo medio ambiente, los personajes de La última película hacen lo que pueden para evadir su hastío.

Centran la narrativa del pueblo dos mejores amigos: Duane, el guaperas futbolista, y Sonny, su adláter tímido y más patoso (especialmente con las mujeres). Ambos pasan el tiempo morreándose con sus novias, jugando al billar en los únicos billares del pueblo, tomando batidos en el único café del pueblo y viendo filmes en el único cine del pueblo. Qué grande monde. El dueño de las tres cosas es Sam The Lion, cansado señor con perpetuo dolor de pies que también oficia de mentor/padrino de los dos muchachos. ¿Novias? La importante es la guapa y rica, Jacy Farrow, que sale con Duane y es hija de la antaño gran beldad de Thalia, la elegante y borracha y amarga Lois Farrow. Jacy es manipuladora, vana y pizpireta, mientras que su madre –uno de los grandes personajes secundarios de la novela- es una especie de Mrs. Robinson de provincias. Todos los personajes se sienten insatisfechos, melancólicos y asqueados (los jóvenes sin ser conscientes de ello). Sonny empieza una relación adúltera (su primera relación, de hecho) con una señora madura, la abatida Ruth Popper, esposa del entrenador del equipo de fútbol. Lo de Sonny y Ruth es como un Verano del 42 en un paisaje infinitamente peor, aunque no exento de cariño e intimidad. Jacy, por su parte, planea unirse al grupo de fiesteros pijos del pueblo vecino, pero para ser aceptada por su líder primero tiene que perder la virginidad. El inocente y casamentero Duane, que bebe los vientos por ella, será su gran baza. Todo se desencadena desde allí.

Larry McMurtry, el autor, es un célebre ex-librero, novelista y guionista tejano que ha escrito un montón de novelas, la mayoría ambientadas en el Oeste americano, otro buen montón en la Texas de hoy. Fue amigo de Ken Kesey, y de hecho yo escuché hablar de él por primera vez en Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe, aquella crónica sobre el viaje en autobús de los Merry Pranksters. McMurtry, que había estudiado con Kesey en la Stanford University, fue el anfitrión de Kesey y sus Bromistas cuando su periplo les llevó a Houston.  Le debió costar una fortuna adecentar la casa tras su partida. La última película, como ustedes saben, fue llevada al cine de forma inusualmente bella por Peter Bogdanovich en 1971, en el filme del mismo título. McMurtry también es autor del guión de Brokeback Mountain, el largometraje que ha jorobado las excursiones de pesca de todos mis amigos hasta el fin de sus días. Ahora sabemos qué sucede allí.

La última película es la tercera novela del autor (de treinta o así que escribió), y aparentemente la que contiene más resonancias autobiográficas. Una excelente obra de narrativa sobre sueños rotos, ansia de escape y monotonía opresiva, escrita con profunda sencillez y llena de belleza. Sonny, hacia el final del libro: “Le invadió una sensación similar a la que experimentaba por las mañanas, con la diferencia de que esta nueva percepción era peor: entonces se había sentido solo en el pueblo, pero allí, de pie en las líneas de banda, sujetando la cadena, se sintió como si ni siquiera estuviera en el pueblo; no estaba en ninguna parte”. Ruth Popper, en la penúltima página: “Notaba que en la punta de la lengua tenía algo que le había llevado cuarenta años aprender, algo sabio, o valiente, o hermoso, que por fin podría decir. Sería justo lo que Sonny necesitaba saber de la vida, y lo habría dicho de no haberse sentido tan poseída por su propio alivio”. Como John Fante, McMurtry cuenta una serie de verdades desnudas, sin filigranas ni trucos. “Cuanto más ajustado y pequeño lo hacías”, decía Bukowski, “menos cabida tenían el error y la mentira”. McMurtry explica esa inmovilidad, ese repentino deseo de algo, lo que sea, que se despierta un día en el epitálamo de algunos personajes, y lo explica armado de contención y simplicidad y Verdad. Sin gritar ni prestidigitar. Página a página. Son su pausa y nulo deseo de hacerse notar, sus frases discretas pero concretas, las que consiguen transmitir la quietud mortecina, la estrechez estranguladora, de Thalia y sus habitantes con tal efectividad. Lo que sucede allí, lo sentimos en el alma. Lean y suspiren por Duane, Sonny, Jacy, Lois Farrow, Sam The Lion y Ruth Popper. No son personajes fáciles de olvidar. Una novela gigante, de palabra sencilla y herida perpetua. Me encantó. Kiko Amat