“¡Oye! Vamos al mismo infierno…”

“Hakuko Maru”. No olvidéis ese nombre, pues es el nombre del pesquero que surca las gélidas y peligrosas aguas de la península rusa de Kamchatka, seguido siempre de cerca por una escolta de la Armada Japonesa. Su misión, en teoría, es la de capturar y enlatar cangrejos para el disfrute y consumo de aquellos que no han sido los encargados de recolectarlos. En ese conservero viajan cientos de trabajadores, campesinos, gente humilde que no ha tenido más opción debido a su desesperación que convertirse en los encargados de sacar adelante el trabajo que les ha sido encomendado, pese a la situación que deberan vivir abordo de ese cruel barco.

Todos los cangrejeros eran barcos de mala muerte y el Hakuko Maru era además un conservero, no un buque para navegar mares bravos. Por eso no se sometían a las leyes de navegación, era una auténtica fabrica que tampoco se sometía a las leyes de la industria. Un barco muy apropiado para hacer lo que se quisiera, sin control. Y aquí es donde toma importancia el papel del patrón, el oficial Asakawa, que no duda en imponer violentamente sus condiciones, abusando del poder y el cargo que le ha sido concedido, estableciendo unas condiciones laborales muy duras, abusivas, explotando a sus trabajadores y alimentando día a día, segundo a segundo, el odio que le será procesado.

Unos trabajadores que trabajan en silencio, que no se dicen nada, como si fueran enemigos, como si hubieran olvidado hasta las palabras. Ni siquiera les queda un minuto de descanso para hablar, puesto que de hacerlo, serán torturados, golpeados o si llega el caso, asesinados. La vida humana no importa más allá de la de los cangrejos y de conseguir superar el nivel establecido. Una vida humana por la que esos propios trabajadores deberán luchar y unirse para conseguir superar las adversidades, pues sin ellos, ese cangrejero no tendría sentido. Unos trabajadores que pese a sus legítimos ideales verán como es muy difícil salir de esa espiral en la que están metidas cuando quien debe de ayudarles y poner orden, parece haberse perdido en la inmensidad del océano…

“¡Hoy hemos perdido! La próxima vez no perderemos. Sin marinos ni fogoneros el barco no navega, si no trabajamos no entra ni un céntimo en sus bolsillos…”

En 1929 Takiji Kobayashi escribió ‘Kanikosen’, un relato acerca de una rebelión a bordo que representa la más explícita aportación japonesa a la crítica del capitalismo. El compromiso social de Kobayashi con la izquierda le costó la vida, pero su obra se ha convertido en todo un referente de la lucha de los trabajadores. Después de habernos llegado la novela hace unos años de manos de Ático de libros, ahora podemos acércanos a esta obra de una manera más accesible gracias a la adaptación al manga de Go Fujio, que no habría sido posible sin la ayuda de Chikara Sato para que la obra haya sido traducida y publicada en español. El Sr. Sato estudió en el mismo instituto de secundaria que Kobayashi y desde entonces se siente muy comprometido con la difusión de su obra.

La frase con la que comienza el libro -y el manga, después de un prólogo y una presentación del funeral de Kobayashi- es la frase con la que hemos empezado esta reseña y que no ha podido ser más acertada para la descripción de la obra: “Vamos al mismo infierno”. Y es que ‘Kanikosen’ es una narración del viaje a las profundidades, de un viaje hacia el odio y la rebelión, de un viaje a los infiernos de un grupo de trabajadores que serán explotados y humillados por su capataz. Un capataz que muestra el lado más cruel explotando a esos trabajadores hasta hacerlos llegar a situaciones límite, en base a una serie de abusos tanto físicos como psicológicos, que los hace perder cualquier atisbo de humanidad para sentirse peor que los propios cangrejos a los que deben capturar y enlatar. Todo por orgullo, por ser mejores en productividad y superar a los rusos, o al menos eso es lo que les quieren hacer creer. Es quizás por eso por lo que el libro -y sus adaptaciones, ya sea manga o cinematográficas (una en 1953 a cargo de Sô Yamamura y otra más reciente en 2009 de Sabu -Hiroyuki Tanaka-) está viviendo desde hace unos años un resurgimiento e interés por parte de los lectores jóvenes.

Unos lectores que ven como a la precariedad laboral que existe desde la crisis económica, se suma la confabulación y complicidad que Kobayashi relató en su obra, entre el poder económico y el poder político-militar, para que los que viven bien lo sigan haciendo y tengan buenos sueldos y puestos, y los que viven el día a día tengan que hacerlo en peores condiciones. Curioso cuanto menos la actualidad que tiene hoy día (aplicable al caso de nuestro país también) una obra que cumple 85 años. Kobayashi consigue una perfecta recreación del entorno y el mundo que rodea a ese cangrejero, desde los confinamientos de los trabajadores, harapientos, malolientes e infectados de bichos, el malestar del día a día en alta mar, los escasos momentos de felicidad que pasan, el exhaustivo trabajo y la dureza a la que son sometidos, así como la buena vida que la élite tiene a costa de todo lo anteriormente citado.

“¿Seriamos nosotros capaces de semejante cosa? Cuando toman conciencia de que es posible, la idea de la rebelión inunda el corazón de todos ellos…”

El realismo da paso a la crítica social y nos enseña como un grupo de mujeres, adolescentes y hombres se ven embarcados en un viaje que no es como les habían vendido, donde conocerán la personificación de la maldad en ese Asakawa, que sigue las directrices impuestas para defender su posición, sin importarle lo que les ocurra a las personas a las que tiene a su cargo. No tiene el mayor reparo a la hora de golpear, amenazar con una pistola, torturar, robar o incluso tirar al mar a los fallecidos. Pero llega un momento en el que el poder tiránico del patrón del buque, escoltado por un destructor de la armada japonesa, comienza a ser cuestionado. Los trabajadores toman conciencia de grupo, saben que son ellos los que en realidad llevan el timón de ese barco y que son capaces de superar y aguantar lo que les caiga, pues juntos pueden hacer mucho más que por separado, siempre que tengan el férreo apoyo que necesitan…

La temática -considerada como propaganda evidentemente- está servida: crítica al capitalismo, a la corrupción y al poder abusivo, apoyo a los sindicatos y defensa de los trabajadores-. Ideologías al margen, que eso ya es algo que pueda interesar a unos u a otros, la adaptación de Go Fujio es más que correcta, dando vida en esta novela gráfica a esos personajes que os hemos explicado anteriormente y sumergiéndonos en las entrañas de ese Hakuko Maru, donde se desarrolla toda la historia. Las expresiones, la atmósfera, el ambiente de opresión…todo eso consigue traspasar el dibujo. Además, se ha tomado la libertad de añadir como homenaje unas escenas tanto en el inicio como en el final de la obra para recordar a Kobayashi, cosa que me parece todo un detalle y un acierto.

Desgraciadamente el éxito de ‘Kanikosen’ no es algo que Takiji Kobayashi pudiera disfrutar durante mucho tiempo. En 1931, dos años después de su publicación, se une al Partido Comunista de Japón y dos años después, en 1933, Kobayashi pago cara su denuncia: murió a causa de las torturas infligidas por el Tokko, la rama de la policía imperial japonesa dedicada a investigar los grupos e ideologías políticas que pudieran suponer una amenaza para el orden público. Tan sólo tenía 29 años.