Hunter S. Thompson, tipo honrado fuera de la ley
Un artículo de Sara R. Gallardo 15 de mayo de 2013
Gallo Nero edita algu­nas de las mejo­res entre­vis­tas rea­li­za­das al mítico perio­dista crea­dor del gonzo

Vivi­mos tiem­pos oscu­ros. Vivi­mos tiem­pos que se pudren, más bien. “Haga­mos algo”, gri­tan las pan­car­tas, mien­tras las posa­de­ras siguen igno­rando la cua­dra­tura del círculo y una pan­ta­lla a tra­vés de la cual sen­tir­nos socia­li­za­dos pero solos (a salvo) se cansa de mirar­nos. El perio­dismo se ha con­ver­tido en un tra­bajo de ofi­cina y lo extra­va­gante y lo mor­boso ha ganado terreno a lo extraño y lo marginal.

La edi­to­rial Gallo Nero ha publi­cado recien­te­mente un volu­men reco­pi­la­to­rio de las mejo­res entre­vis­tas rea­li­za­das a Hun­ter S. Thom­pson para publi­ca­cio­nes como Rolling Stone, Esquire o Play­boy. El último dino­sau­rio es tam­bién un docu­mento his­tó­rico, viene a decir que antes los tiem­pos tam­poco fue­ron mejo­res. Eran tiem­pos de corrup­ción, de gue­rras absur­das que movi­li­za­ban paí­ses ente­ros, de pre­si­den­tes que se que­da­ban en el poder aun­que todo su equipo estu­viera metido en asun­tos tur­bios. Si lees este libro no te acer­cas solo a la figura de Hun­ter S. Thom­pson, el tipo de Miedo y asco en Las Vegas, el perio­dista sin­ver­güenza que se negaba a usar pro­ce­sa­dor de texto incluso cuando los orde­na­do­res ya eran per­so­na­les. Te acer­cas, en reali­dad, a una época, a una manera de enten­der el mundo, el perio­dismo y la literatura.

Thom­pson se man­tuvo a salvo siendo él mismo, aun­que eso pare­cía no ser nin­guna garan­tía. “Si uno se com­porta de la misma manera que uno es, está des­ti­nado a que le ocu­rra algo terri­ble, al menos si eres como yo”, decía. El escri­tor Hun­ter S. Thom­pson era una espe­cie de anar­quista de sí mismo, un tipo que, entre chu­tes y cala­das, inventó el perio­dismo gonzo, un estilo cer­cano al nuevo perio­dismo (de hecho, Tom Wolfe lo incluyó con dos artícu­los en el libro El nuevo perio­dismo), que se basa en un estilo per­so­nal, con digre­sio­nes y refle­xio­nes, que sur­gió (más que del inge­nio) de la pre­sión en la fecha de entrega. Thom­pson repro­duce varias veces el momento en el que “des­cu­brió” la esen­cia del repor­taje, cuando en reali­dad daba por ter­mi­nada su carrera. Sin embargo, le quita impor­tan­cia: invo­lu­crarse en la noti­cia tie­nen que ver con no tener tiempo para hacer un segundo borra­dor. A gran­des males, gran­des reme­dios. Gra­cias a ello, Thom­pson se con­vir­tió en una per­sona más famosa que el can­di­dato Car­ter en las elec­cio­nes nor­te­ame­ri­ca­nas de 1976.

Cual­quiera que quiera ser perio­dista o esté en pro­ceso de serlo debe­ría leer este libro. Por­que Hun­ter S. Thom­pson habla de lo que es la ver­dad y la obje­ti­vi­dad, de acer­carte o ale­jarte de los hechos. Habla de la sim­bio­sis peli­grosa entre polí­tica y perio­dismo. Ase­gura que la reali­dad es sufi­cien­te­mente gro­tesca como para recu­rrir a la fic­ción. Tam­bién que a menudo no se puede con­tar todo. O que hay que callar para con­ser­var una fuente, aun­que esta te esté pro­por­cio­nando la noti­cia más impor­tante de tu carrera. No tener ami­gos en Washing­ton, decía. Este es el perio­dismo que hace batir el cora­zón y que llena de adre­na­lina las extre­mi­da­des, algo sin lo que Thom­pson no podía vivir.

Cual­quiera que quiera ser perio­dista o esté en pro­ceso de serlo debe­ría leer este libro
Cual­quier plu­mi­lla se que­rrá iden­ti­fi­car con un perio­dista libre y des­len­guado que ame­nace con entrar en polí­tica por­que esa es la única manera de pro­te­ger lo que le importa. Ade­más, Thom­pson pare­cía defen­der un estilo de vida reser­vado a unos pocos. Muchos pien­san, él incluido, que solo estaba reser­vado para él mismo. Que la droga solo le hacía bien a él. Hacer buen perio­dismo es en reali­dad hacer lo que te dé la gana, es decir, no depen­der de nadie y estar siem­pre en los már­ge­nes de la ley. Por eso su manera de escri­bir era tan par­ti­cu­lar: para hablar de algo y hacerlo bien hay que apro­piarse de ello.

Sus res­pues­tas tam­bién nos ofre­cen, como es natu­ral, un par de lec­cio­nes de vida. Él fue y es una leyenda del perio­dismo, un tipo de Ken­tu­cky que empezó a escri­bir para ganar dinero, o al menos eso con­fe­saba de cara a la gale­ría, para no con­tra­de­cir a su per­so­naje, pero que lo cam­bió todo con su estilo per­so­nal. Una leyenda que ase­gura en una de las entre­vis­tas que sólo intentó “apa­ñár­se­las y escri­bir”. Un fora­jido, como se des­cri­bía a sí mismo.

Qui­zás, en estos tiem­pos podri­dos, habría que copiarle un poco: apren­der por qué reglas tiene que regirse uno y seguir­las hasta sus últi­mas con­se­cuen­cias. Si tu des­tino es el perio­dismo: tener como meta devol­verle un poco de dig­ni­dad a esta pro­fe­sión, por­que una vez la tuvo, gra­cias en parte a tipos como el doc­tor Thom­pson. Él se abu­rrió de todo por­que la reali­dad pasó a ser dema­siado mun­dana como para desear refle­jarla. Ahora tene­mos ante noso­tros de nueva una reali­dad gro­tesca, des­pia­dada con los débi­les e inasu­mi­ble para cual­quier ciu­da­dano. Debe­mos empe­zar a dar­nos cuenta de que las liber­ta­des no se roban, sino que “nos esta­mos des­ha­ciendo de ellas”. Hay que vol­ver a la vida pública para decir algo. Y seguir cami­nando, por lo menos. Aun­que sea por el lado salvaje.