El esplendor americano de Harvey Pekar

J. Losa

13 ene 2013

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Harvey Pekar pasó la mitad de su vida archivando historiales en el sótano de un hospital de veteranos de guerra a las afueras de Cleveland. En sus ratos libres solía coleccionar discos de jazz, fracasos matrimoniales y antidepresivos. Se podría decir que tuvo una vida anodina, una especie de bostezo existencial cuyos lamentables pormenores tuvo el arrojo, o la poca vergüenza, de airear en forma de viñetas. Fue así como revolucionó el mundo del cómic y, de paso, se ahorró un psicoanalista.

De orígen judío, la familia Pekar cambió el duro invierno polaco por el del noreste de Estados Unidos huyendo del horror nazi. Harvey creció a base de tundas en un barrio de negros en el que sus padres regentaban una tienda de comestibles. Un suburbio agreste y un hogar conmocionado por el destierro y la culpa de haber sobrevivido terminaron por forjar el carácter del joven. La poción contenía desarraigo, sentimiento de inferioridad y un profundo rencor contra el mundo. Así las cosas, el bueno de Pekar tenía varias salidas; cuadrar la mandíbula, empuñar una recortada y liarse a tiros con todo bicho viviente, alistarse –que viene a ser lo mismo pero con alojamiento y comida–, o bien optar por el resentimiento como forma de vida, a medio camino entre la ira y la medicación. Finalmente se decantó por la última previo paso, con más pena que gloria, por la Marina.

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Un día de 1962 Pekar se topa con el insigne viñetista Robert Crumb que ya por aquel entonces comenzaba a despuntar con sus caricaturas realistas. Carente de aptitudes para el dibujo, Pekar esbozó para Crumb un puñado de garabatos autobiográficos que ponían al desnudo las miserias de su día a día. Tribulaciones cotidianas como desembozar el váter o encontrar una gafas perdidas cobraban otra dimensión cuando las guionizaba Pekar. Surge así el germen de la serie American Splendor, un ejercicio de cinismo y autoparodia en el que colaboraron con sus ilustraciones artistas de la talla de Joe Sacco y Frank Stack y el ya mencionado Robert Crumb. El experimento tuvo un recibimiento modesto en su momento, hasta que en 2003 una notable adaptación al cine con Paul Giamatti en el papel de Pekar puso las cosas en su sitio.

En Tolstoi era un charlatán, pequeño volúmen editado por Gallo Nero, Harvey Pekar desgrana en una entrevista realizada por el editor y crítico de cómics Gary Groth sus filias y fobias particulares, su proceso creativo, su forma de entender la política y su interés por la literatura –una de sus grandes pasiones junto al jazz–. Un acercamiento al personaje que permite explicar el porqué de ese hosco yo narrativo de Pekar, de esa fijación con las nimiedades mundanas y lo grotesco, todo ello sin atisbo de moraleja.

Nada nuevo en el campo de la literatura –o al menos nada que no hubieran hecho ya Fante, Bukowski o Carver– pero sí en el mundo del cómic en una época en la que el duopolio Marvel/DC copaba el negocio con sus superhéroes falocéntricos y divinos de la muerte. “El llamado ciudadano medio exhibe a menudo grandes dosis de heroísmo ya solamente al ser capaz de salvar un día cualquiera, y aún así el público lector subestima dicho heroísmo; prefieren leer sobre Superman que sobre ellos mismos”, reivindicaba Pekar.