Cultura

Libros: Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año

By Jesus Brotons

“Muéstrame un héroe y te escribiré una tragedia”, dijo Scott Fitzgerald, que como autónomo que era andaba siempre en busca de trabajo, y todos los dedos le señalaron a él. Sólo un (super)héroe de las letras hubiese podido escribir algo como Suave es la noche o El gran Gatsby –candidata firme a la entelequia esa de “la gran novela americana”– y la tragedia que llevaba adherida a su condición era la misma que la de la mayoría de nosotros, los no-héroes, y es digna de Sófocles: la imposibilidad psíquica, física, metafísica y patafísica de ahorrar ni un puñetero duro. Eso de que “el dinero se va sin pies” es terrible pero cierto, hoy como lo era en los turbulentos años 20; a su pesar pudo Fitzgerald comprobarlo, y a sus mayormente infructuosos intentos de revertir la tendencia dedicó el par de artículos que reúne este breve volumen, con adición de propina.

Publicado en el Saturday Evening Post en 1924, Cómo sobrevivir con 36.000 dólares al año viene a ser un ingenioso intento de Fitzgerald de arañar parte de la pasta que sin saber cómo se les esfumó a su esposa y a él el año anterior, narrando exactamente eso: que se les han volatilizado treinta y seis mil machacantes, poca broma, en parte por haber entrado a formar ídem de esa élite artificial de los nuevos ricos y, en consecuencia, derrochado sin ton ni son como quien siembra a voleo; en parte porque Fitzgerald, que como todo genio que se precie procrastinaba como un maldito (“No quedaba más remedio; tenía que ponerme a trabajar”), preparaba una obra de teatro que fue “un descalabro monumental” y en ese tiempo no escribió ni un miserable artículo, y en tercer lugar por imponderables: a razón de uno al mes, doce de los grandes se habían, simplemente, evaporado. Arte de magia. ¿Te suena?

A la Riviera, franja de tierra habitada tras la Gran Guerra por franceses de rostro cetrino y americanos dispuestos a darse la vida padre por pocos cuartos, fueron a recalar Fitzgerald, su señora, su hijo y 7.000 dólares, que tendrían que estirar hasta que terminara El gran Gatsby. Cómo sobrevivir con casi nada al año, que aparecería igual que el otro en el Post en 1924, pasaría por secuela “las vacaciones europeas de una chiflada familia americana” del relato previo de no ser porque las trufas cómicas que sembraba Fitzgerald en aquel tienen en este un regusto progresivamente amargo, y su prosa se tiñe hacia el final del contemplativo romanticismo que colorearía de ocre y gris obras suyas posteriores. Esta segunda epopeya ahorradora de Fitzgerald acaso no esté tan lograda como la primera, pero vuelve a dar fe de la habilidad que tenía el hombre para coser personajes, sensaciones, actitudes y relaciones con solo dos o tres puntadas.

La propina consiste en La declaración de la renta de F. Scott Fitzgerald, una curiosidad obra de un profesor de derecho, quien, con base en las declaraciones que Fitzgerald presentó al fisco a lo largo de su vida laboral, contextualiza los artículos anteriores explicando cuántos serían al cambio de hoy los verdes que ganaba, perdía y declaraba Fitzgerald; las estrictas, todavía no draconianas leyes fiscales de la época y el funcionamiento del sistema tributario;  la cantidad que cobró en concepto de derechos de autor por El gran Gatsby; la que su obra sigue generando para el fideicomiso de sus descendientes… Curiosidad, ya digo, pero de las que aportan algo. Esta redondea el libro.

El libro: lo edita Gallo Nero y se lee en dos o tres horas, así que la típica excusa no os vale.