Hay un arquetipo humano, ya prácticamente extinguido, por el que siento predilección. Varón, blanco, norteamericano, aficionado al alcohol y a los divorcios, veterano de la Segunda Guerra Mundial que, al regresar, fue reportero de sucesos o cronista de deportes, y luego intentó la Gran Novela Americana. Muchos de los libros que poseo fueron escritos por tipos que encajan en esta descripción. Hoy, aunque sólo sea por no endosarles 4.500 caracteres sobre un partido de fogueo contra el Celta de Vigo cuando ya tengo hecha mi deposición sobre Old Trafford, voy a hablarles de uno de ellos, W. C. Heinz, de quien la editorial Gallo Nero acaba de rescatar El profesional. Según Hemingway, la mejor novela de boxeo jamás escrita. Pero, para matizar esta opinión, hay que recordar que Hemingway detestaba, por envidia de su éxito, al Budd Schulberg de Más dura será la caída.

Heinz estuvo en la guerra igual que Hemingway, escribiendo de ella. Una anécdota determina el preciso instante en que tomó conciencia de cuán despiadado es el periodista que compite por una primera página. Con otros corresponsales, cubría una ofensiva posterior al Día-D. Las crónicas diarias salían en un pequeño avión Piper Cub que luego regresaba a por más. Una tarde, el oficial de prensa reunió a los periodistas y les dijo que el Piper Cub había sido derribado. Casi todos preguntaron al unísono: «¿En cuál de los dos trayectos?». El destino de las crónicas les importaba más que el del piloto.

A muchos, a demasiados escritores se les admite una influencia en la invención de un subgénero que aún brilla con letras de neón sobre la puerta de entrada a nuestro oficio: el Nuevo Periodismo. Con su escritura esencial, desprovista de adornos, en la que el jardín de una casa es descrito por lo que ocupa en metros cuadrados a lo largo y a lo ancho, en la que un entrenador no puede sujetar con esparadrapo las vendas de su boxeador sin que seamos informados de que la tira que pega mide quince centímetros, Heinz es considerado el antecesor del Nuevo Periodismo en su ramificación deportiva. Tanto es así, que una crónica de no más de mil palabras sobre la muerte de un caballo de carreras sacrificado en la pista fue saludada como el equivalente deportivo al discurso de Gettysburg. Si hizo eso con un caballo, imaginen lo que puede hacer con un boxeador, por más que el promotor de Budd Schulberg no distinguiera entre caballos y boxeadores salvo por la diferencia en presupuesto de lo que suponía alimentarlos.

El argumento de El profesional es muy sencillo: un reportero, trasunto de Heinz, viaja a un hotel de montaña a tres horas de coche de Nueva York para acompañar durante su campamento de entrenamiento a Eddie Brown, un peso medio del Bronx que va a pelear su única oportunidad por el título mundial. Hablamos de cuando el epicentro del boxeo no era Las Vegas, sino el Garden, durante esa posguerra en que los Dodgers aún pertenecían a Brooklyn. El bar de Dempsey, cercano a Broadway, se llenaba de boxeadores como alguna taberna de Triana de banderilleros. Y los niños, en verano, abrían chorros en las bocas de riego mientras el barrio se preparaba para recibir a su hijo campeón, que a veces acudía en descapotable como en una cuádriga, como hizo Graziano. Ringo Bonavena decía que, cuando suena el gong, «te quitan hasta el banquito». Ahí es cuando el púgil se queda solo, pero no lo estuvo antes.

En ese sentido, la novela corrige a quienes creen que un combate de boxeo empieza cuando el luchador es anunciado en su esquina, como si no hubiera habido antes semanas de enclaustramiento en equipo en las que no se deja de pensar en el otro. Culminada con el vibrante, cruel relato del combate en sí, también es una apasionada reflexión sobre todo cuanto concierne al boxeo. La convivencia de los peleadores, las despedidas de los que van partiendo a su combate. La báscula, el amanecer corriendo en la carretera, la sabiduría de la táctica que decide las combinaciones de golpes. El miedo a la llegada de la televisión, de la que ahora depende todo. El daño que puede hacer una esposa que, espiritualmente, jamás está en la esquina del boxeador. Las trampas, las formas de dignidad, el respeto mutuo de los púgiles un segundo de campana después de haber intentado matarse.

Incluso la fanfarronería de los gurús del periodismo deportivo, que siempre se sienten por encima del acontecimiento, y en la que no es difícil encontrar analogías contemporáneas.