23/09/2010 

Edición impresa |  LIBROS

Comienzo de El miedo

por Federico De Roberto

Gallo Nero

| Publicado el 30/07/2010

Gallo Nero rescata casi 90 años después de su primera publicación este alegato antibelicista del autor de la magistral novela Los virreyes. La orden de recuperar una posición perdida impuesta por la autoridad de comando obliga al teniente Alfani a sacrificar a sus soldados para reconquistar el puesto de avanzada. Los hombres van cayendo uno tras otro bajo una lluvia de proyectiles y con el número de muertos crece el pánico entre los vivos , sentimiento que el escritor inmortaliza recurriendo a unas imágenes de la más cruda fisiología.

En el horror de la guerra, el horror de la naturaleza: la desolación de la Valgrebbana, las férreas escamas del Montemolon, las pieles de la dos Grise, la horca del Palalto y del Palbasso, los precipicios de la Fòlpola: un país fantástico, un escenario de aquelarre romántico, la puerta del Infierno.

Ni una mancha de árbol, ni una brizna de hierba, salvo en el fondo de los valles: allí arriba un caótico cúmulo de rocas y peñas, la osamenta de la tierra al desnudo, descarnada, dislocada y rota. Para abrir gran parte de las trincheras, había habido que partir el macizo vivo, a fuerza de minas: el montón de lascas había brindado el material para los muretes y la grava para llenar los sacos terreros. Faltaba totalmente el agua y había que transportarla a lomos de mulos, en odres, junto con los víveres.

No obstante, los soldados se habían amoldado también allí y no parecían estar de peor humor que en otra parte. El lugar era espantoso, pero, como compensación, tranquilo. Parecía abandonada la idea de otros saltos por aquella parte; sólo podía temerse que los austríacos quisieran, por su parte, aprovechar sus posiciones más ventajosas por lo que había que estar muy atentos, en particular en el trecho avanzado de la cresta de la Venzela, de cuyo mantenimiento dependía la solidez de la línea situada detrás, pero tampoco los enemigos se mostraban animados por propósitos belicosos y poco a poco se había ido formando algo así como un acuerdo tácito en virtud del cual ninguno de los bandos molestaba al otro: vigilancia incesante, pero no hostilidad.

El servicio más difícil correspondía al vigía, situado en la entrada de la torrentera que acababa en la cuenca del Corbin: como sólo desde allí podían los enemigos intentar dar una sorpresa, había orden de que aquel paso estuviera continuamente observado desde arriba y precisamente desde el punto ya elegido para situar una metralleta a la que se había tenido que renunciar por no haber sido posible camuflarla.

La plataforma, pese a distar sólo unos cincuenta metros de la trinchera, parecía lejanísima por estar totalmente separada de ella: cierto trecho de la línea de acceso quedaba, mal que bien, protegido por dos muretes que formaban un terraplén, pero más allá, por la naturaleza y la configuración del terreno no se había podido improvisar ningún tipo de protección y el hombre destinado al servicio de guardia debía avanzar arrastrándose, insinuándose entre los pliegues del suelo, hasta el pie del parapeto formado por los salientes de la roca y realzado en el medio con piedras y sacos. Allí, durante dos hora, en una posición incomodísima, bajo el sol de los mediodía estivales y con el hielo de la noche, el centinela tenía orden de no perder nunca de vista el fondo del barranco.

Enfrente, a medio kilómetro calculado a ojo, estaba la línea enemiga que después se acercaba a la nuestra hacia la izquierda, por la parte de Lamagnolo, y casi la rozaba, hasta el punto de que, si los hombres de guardia hubieran hablado la misma lengua habrían podido mantener una conversación. Y ya se iban cambiando algunas palabras allí arriba: alguna hogaza volaba desde nuestros puestos hasta los austríacos y alguna cajetilla de tabaco hacía el recorrido inverso, mientras teníamos delante tropas bohemias, hasta entonces poco dispuestas a dejarse matar por lo hermosos ojos de la casa de Habsburgo.

Pero de repente se interrumpió la tranquilidad, con el primer de un amanecer de agosto.