Un bolchevique en la corte del Tío Sam

El diario de viaje de Vladimir Maiakovski -el poeta de la Revolución de Octubre- por EEUU en 1925 anticipó la involución del capitalismo americano

CARLOS PRIETO Madrid 23/03/2011 08:00 Actualizado: 23/03/2011 09:57

Maiakovski, en París en 1925, antes de partir a EEUU.

Maiakovski, en París en 1925, antes de partir a EEUU.ROGER VIOLLET

Imagen de pesadilla: una manifestación de coches por las calles. De coches sin pasajeros. Suena a argumento de ciencia ficción, pero ocurrió en el verano 1925, en Detroit, cuna de la industria del automóvil, aunque sólo en la imaginación de Vladimir Maiakovski. “Se ven muchos más coches que personas en las calles. La gente entra en las tiendas, las oficinas y las cafeterías, y los automóviles se quedan esperando a sus dueños al lado de la puerta. Están aparcados en filas continuas a ambos lados de la calle. Se juntan como para manifestaciones en unos terrenos vallados especiales donde permiten dejar el coche por 25-35 centavos”, escribió un estupefacto Maiakovski en América (Gallo Nero), diario de su viaje a EEUU en 1925, inédito hasta ahora en España.

Donde el gran poeta de la Revolución de Octubre veía una extravagancia urbanística, ahora vemos simplemente un parking. Sí, suena como si Maiakovski fuera un Paco Martínez Soria de la estepa perdido en la gran ciudad capitalista, pero el fundador del futurismo ruso tenía más de visionario sofisticado que de cateto impresionable, a juzgar por las proféticas conclusiones que sacó de su viaje a EEUU.

Visiones del futuro

Leyendo América cualquiera diría que Maiakovski viajó a EEUU en las mismas condiciones que el yanqui decimonónico de la novela de Mark Twain, que viajaba hacia atrás en el tiempo, hasta la corte del rey Arturo, con información privilegiada sobre esa sociedad. En efecto, cuando el poeta revolucionario aterrizó en Nueva York, parecía conocer la deriva que iba a tomar la sociedad capitalista estadounidense en las siguientes décadas.

Anticipó, por ejemplo, el actual debate sobre el cambio climático: “¿Qué tiene el automóvil de especial? Hay muchos: ha llegado el momento de pensar en qué hay que hacer para que no ensucien el aire”. También la plaga neoliberal de Reagan y los Chicago Boys: “EEUU se convertirá en un país exclusivamente financiero”. Y, cual Nostradamus en racha, hasta la crisis de la hipotecas subprime y el crédito barato que desencadenó la crash financiero que aún colea: “Los EEUU acumulan demasiada grasa, entregan créditos a quien sea (). Ese dinero sale de todas partes, incluso de la cartera poco poblada de los trabajadores estadounidenses. Los bancos hacen una publicidad muy agresiva de depósitos para obreros. Poco a poco, esos depósitos crean la convicción de que hay que preocuparse por los intereses y no por el trabajo”.

El poeta, en el apogeo de su popularidad, partió de Moscú en julio de 1925 rumbo a EEUU. Regresó tres meses después. El viaje incluyó 18 días de navegación y escalas en lugares tan variopintos como Gijón, La Habana, Veracruz, Ciudad de México, Nueva York, Chicago y Detroit.

Lucha de clases oceánica

Maiakovski no esperó a pisar tierra firme para empezar a escribir. Los ecos de la Revolución de Octubre resonaron en su cabeza en mitad del océano, a bordo del vapor Espagne, a juzgar por su interés en analizar la división en clases del pasaje. “Cientos de ventiladores giraban sobre sus ejes, agitaban y meneaban las cabezas rítmicamente, abanicando a la primera clase. Ahora la tercera clase odiaba a la primera también por el hecho de que esta se encontraba a un grado menos de temperatura”.

Y resumió de un modo peculiar los beneficios de clase en caso de turbulencias en función de su ubicación en el barco: “La primera clase vomita donde le da la gana; la segunda, sobre la tercera y la tercera, sobre sí misma”.

Durante su estancia en México, donde fue recibido por Diego Rivera, asistió a una corrida. “Lo único que lamentaba era que no fuese posible instalar ametralladoras entre los cuernos de los toros y enseñarles a disparar”, escribió.

Su gusto por el detalle poético cotidiano quedó plasmada a su paso por La Habana, donde “nos dieron alimentos que no conocía: una fruta llamada mango, una parodia del plátano, con un hueso grande y peludo”. También en el viaje nocturno en tren entre Veracruz y Ciudad de México: “La noche tropical que flotaba alrededor del vagón era increíble. Era una noche azul de ultramar, y los cuerpos negros de las palmeras parecían artistas bohemios de largas melenas”.

La fascinación del viajero llegó al paroxismo tras pisar Nueva York, donde el gurú soviético de las vanguardias se rindió a las luces de Broadway. “Aquí hay más luz ahora que de día, porque de día todo es luz y en cambio este camino tiene ahora toda la luz del día y encima contrasta con el fondo negro de la noche. Está la luz de las farolas, la luz de la publicidad con bombillas titilantes, la luz de los escaparates y las ventanas resplandecientes de las tiendas que no cierran nunca, la luz de los focos que iluminan carteles colosales pintados a mano, la luz que se escapa por las puertas de los cines y los teatros, la luz voladora de los automóviles y los trenes elevados, la luz de los trenes subterráneos que pasan rápidamente bajo los pies en las ventanas acristaladas de las aceras, la luz de los letreros publicitarios en el cielo. Luz, luz y más luz”, narró en éxtasis visual.

Obreros en cadena

“Tenía una personalidad bastante infantil. El modo en que se extraña al ver tantas luces recuerda al de un niño suelto en una feria. Lo hace con total ingenuidad. Era muy extrovertido y le gustaba hacer cosas como disfrazarse en las fiestas”, resume Donatella Iamnuzzi, editora de América.

Pero la cabra tira al monte. Pese a glosar la geometría de la luz, Maiakovski no se dejó cegar por los neones capitalistas. Y utilizó su radar revolucionario para localizar ejemplos de la división por clases en las calles de Nueva York. Apreció que a primera hora de la madrugada sólo paseaban por las aceras “los soldados rasos del gran ejército del trabajo”, la “multitud trabajadora”, que se “distribuye entre las fábricas de confección de ropa masculina y femenina, los nuevos túneles subterráneos que se están abriendo y la inmensidad de los trabajos portuarios”. Un poco más tarde, a las ocho de la mañana, “las calles se llenan con gente más limpia y mejor vestida”.

En Detroit, visitó las innovadoras fábricas de Ford que dieron nombre al capitalismo de la época: fordismo. “Allí descubre uno de los secretos del éxito de la industria estadounidense: hacer sentir a los trabajadores que forman parte de algo. Aunque, tras hablar con los obreros, se dio cuenta de que la realidad era otra: jornadas laborales interminables y explotación”, razona Iamnuzzi.

“Aterrizan chasis desnudos, como si el vehículo aún no llevara el pantalón. Los obreros colocan los guardabarros. El vehículo avanza al paso de usted hacia los montadores del motor. Las grúas bajan la carrocería. Los neumáticos caen desde el techo formando una fila continua, como unos roscones. Debajo de la cadena hay trabajadores que retocan algo a martillazos… Después de pasar por mil manos, el automóvil cobra su forma definitiva en una de las últimas etapas. Un conductor sube dentro, el coche desciende de la cadena y sale al patio ya por su cuenta”, describió al pie de la cadena de montaje. Maiakovskise declaró “impresionado” por el proceso, pero no se dejó embaucar. “A los cuatro de la tarde me quedé en la puerta de la fábrica, observando el turno que salía de trabajar: la gente subía a los tranvías y se dormía al instante, completamente agotada”.

El dólar de dos caras

El poeta llegó a un país bajo la Ley Seca. Donde unos veían mafiosos con metralletas, él vio tentáculos del sistema económico. Capitalismo y mafia, dos caras de la misma moneda: el dólar. “Todo lo que hace crecer el dólar es business… La ebriedad estadounidense, la ley seca también es el típico negocio y la típica mojigatería. Todo el mundo vende whisky. Si entras en la taberna más pequeña, ves cartelitos de ocupado en todas las mesas… ¿Adónde mira la policía? Vigila que no estafen a nadie durante el reparto de beneficios”.

Nadie mueve una hoja sin que haya dinero en juego. Y detrás de las discusiones triviales, se esconden intenciones perversas: “Si es testigo de un debate ascético sobre la belleza femenina y los participantes se dividen en dos bandos uno apoya a las estadounidenses de pelo corto y el otro, a las de pelo largo, esto no quiere decir que esté delante de unos estetas desinteresados. Ni mucho menos. Los que defienden el pelo largo con uñas y dientes son fabricantes de horquillas que han tendido que reducir la producción debido al corte de pelo, y el que aboga por el pelo corto es el consorcio de los propietarios de peluquerías, ya que la moda del pelo corto para las mujeres ha traído a los peluqueros toda una segunda humanidad de consumidoras”. Suena a exageración cómica, pero recuerda a cómo funciona hoy día ese insaciable motor de la política estadounidense llamado lobby. Otra profecía del bolchevique llegado del futuro.

Una mañana cualquiera en Nueva York

La madrugada

“Hay una tormenta, llueve, está oscuro y continuará así hasta el mediodía. Te vistes con luz eléctrica, las calles están iluminadas con luz eléctrica, los edificios brillan con luz eléctrica, mostrando las ranuras de ventanas recortadas con regularidad, como si se tratara de una plantilla para carteles publicitarios. Los edificios y las parpadeantes luces de tráfico, de colores, se duplican, se triplican y se multiplican en la superficie del asfalto”.

Los negros

“Abajo se mueve una incesante marea humana. Primero, antes del alba, fluye una masa de color negro berenjena: los negros que realizan los trabajos más duros y lúgubres”.

Los blancos

“Más tarde, hacia las siete, empieza el flujo de los blancos. Cientos de miles de ellos se mueven en la misma dirección, hacia sus lugares de trabajo. Solo los impermeabilizados chubasqueros amarillos rugen como incontables samovares y brillan bajo la luz eléctrica, mojados, incapaces de apagarse bajo esta lluvia”.

La multitud

“La muchedumbre fluye, llenando los agujeros de las estaciones subterráneas, estrujándose en los pasillos cubiertos de los ferrocarriles elevados, volando en trenes rápidos que casi no hacen paradas”.